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¿Cómo se pierde la memoria en el Alzheimer? La pirámide de los recuerdos

En el Alzheimer, una de las primeras dificultades suele ser recordar lo que acaba de pasar. Una conversación, una noticia, dónde hemos dejado las llaves. Por eso una persona puede repetir una pregunta aunque acabemos de responderle. La dificultad para retener información reciente es uno de los síntomas tempranos más habituales. Alzheimer’s Association.

Y, sin embargo, esa misma persona puede contarnos cómo era su colegio o cómo cuidaba de sus hermanos pequeños.

Para explicar a las familias cómo pueden convivir esas dos cosas, utilizo una pirámide de colores. Cada ladrillo representa una etapa de nuestra vida. Es una manera de entendernos: la memoria tiene distintas funciones y la enfermedad no desmonta la vida en un orden idéntico para todo el mundo.

¿Cómo vamos construyendo nuestra memoria?

1. La primera infancia. Reconocemos las voces de casa y buscamos a quien nos cuida. Todavía no podemos contar nuestra historia, pero ya aprendemos de lo que nos pasa. Aquí debería haber tranquilidad, cariño y tiempo.

2. La niñez. Llegan el colegio, los juegos con nuestros hermanos, las canciones y los amigos. Vamos formando una idea de nosotros mismos: qué se nos da bien, si podemos pedir ayuda, qué ocurre cuando nos equivocamos.

3. La juventud. Los primeros amores, los estudios, el primer trabajo. Aquí situamos muchos recuerdos de cómo éramos nosotros y nuestros hermanos jóvenes, de las decisiones que tomamos y de las personas con quienes empezamos a compartir nuestra vida.

4. La vida adulta. Nuestra casa, nuestra familia, nuestros proyectos. Para quienes tenemos hijos, aquí está cómo nacieron, dónde vivíamos, quién nos acompañó. Después vienen sus primeros pasos, el colegio, los cumpleaños. Nuestra historia va creciendo junto a la suya.

5. La madurez. Llevamos años trabajando, cocinando, comprando y organizando una casa. Con tanta práctica, algunos pasos nos salen casi solos. Son cosas que sabemos hacer porque las hemos repetido muchas veces.

6. Cuando somos mayores. Seguimos utilizando lo aprendido y añadiendo cosas nuevas. Nacen nietos, cambian presidentes y reyes, aprendemos a usar otro teléfono u otro microondas. Seguimos teniendo una vida que necesita memoria.

7. El día de hoy. El desayuno, dónde dejamos las llaves, la noticia de esta mañana, el recado que nos dieron.

Todos aquellos recuerdos, incluso los que llevamos décadas contando, empezaron aquí: siendo algo que nos acababa de pasar.

El problema de memoria en la Enfermedad de Alzheimer

suele darse en orden inverso, y es así como lo cuento a los familiares que veo

¿Por qué mi madre no recuerda los recados o lo que ha desayunado?

Le has dicho que esta tarde irás a verla. Al rato te pregunta si vas a ir. Se lo vuelves a explicar y, poco después, vuelve a preguntarlo.

En el Alzheimer puede costar retener esa información nueva. Tu madre puede haberte escuchado y no recordar después la respuesta. Lo mismo puede pasar con el desayuno o con el lugar donde dejó las llaves. No se pierde todo de golpe: pueden fallar unos recuerdos y conservarse otros. Alzheimer’s Association.

¿Por qué mi padre ya no sabe qué día es?

También puede costarle situar lo que ocurre: si algo pasó ayer o esta mañana, qué día de la semana es o quién es ahora el presidente.

Saber en qué día vivimos requiere ir incorporando lo que nos pasa. Cuando eso empieza a fallar, seguir el hilo de los días puede hacerse difícil. La desorientación temporal forma parte de los cambios que pueden aparecer en el Alzheimer. Alzheimer’s Association.

¿Por qué a mi madre le cuesta cocinar un plato que ha hecho toda la vida?

Puede recordar los ingredientes y, sin embargo, perderse al prepararlos. Confundir el orden, saltarse un paso o quedarse sin saber cómo continuar. También puede ocurrir al llevar las cuentas o hacer la declaración de la renta.

Son tareas que necesitan memoria, atención y capacidad para organizarse. Y para valorar qué ha cambiado necesito saber cómo las hacía antes. Eso forma parte de una valoración del deterioro cognitivo.

Además, dejar de cocinar y no saber continuar una receta son cosas distintas. En consulta importa conocer qué está ocurriendo realmente.

¿Por qué mi madre no recuerda bien cómo nacieron sus hijos?

La enfermedad también puede afectar a los detalles de la propia historia: dónde vivíamos, quién estaba con nosotros o cómo ocurrió algo importante.

En algunas personas con altas capacidades que nunca se ocuparon de la casa, cocinar o hacer la compra no me sirven de la misma manera para valorar un cambio. A veces les pregunto cómo fue el parto de alguno de sus hijos para explorar esos recuerdos personales.

Es una pregunta que utilizo en consulta. Por sí sola no diagnostica Alzheimer, ni olvidar un detalle de un parto significa tener la enfermedad.

¿Por qué mi madre me confunde con su hermana?

Puede haber dificultades para reconocer a las personas y situarlas en la propia historia. Tu madre puede confundirte con su hermana, creer que es más joven o no reconocer a su marido.

Para la familia puede ser desconcertante: estás delante de ella, le hablas, pero te llama por otro nombre. Esas dificultades de reconocimiento pueden aparecer en la demencia y necesitan valorarse en el contexto de cada persona. Alzheimer’s Society.

¿Cómo puede mi padre recordar su infancia y olvidar lo de esta mañana?

Porque algunos recuerdos antiguos pueden seguir accesibles cuando ya cuesta retener lo reciente. Especialmente aquellos que se han contado o recordado muchas veces. Eso no significa que toda la infancia se conserve intacta. Alzheimer’s Society.

Tengo pacientes que todavía me cuentan el hambre, haber empezado a trabajar de niños o haberse ocupado de sus hermanos pequeños. También los juegos, la casa y las personas que los cuidaban.

Todo eso forma parte de la vida de quien tengo delante. Y por eso me interesa escucharlo.

¿Por qué mi padre está tan inquieto?

A veces tiene miedo porque le cuesta comprender lo que está pasando a su alrededor. O se siente inseguro de épocas pasadas que han pasado décadas antes. Conocer otras etapas de su vida puede ayudarnos a entender mejor esa inquietud.

Por eso, en mis consultas hablo largo y tendido con la persona y su familia. Qué le preocupaba antes, qué le preocupa ahora, cómo ha vivido y qué le daba tranquilidad.

También valoro su salud actual, el dolor, el descanso, la medicación y el entorno. La demencia puede acompañarse de cambios en el ánimo y la conducta, y afecta de manera diferente a cada persona. Organización Mundial de la Salud.

Si esa inquietud aparece sobre todo por la tarde, en esta entrada explico qué valoramos ante un síndrome del ocaso. Pero sinceramente, al final, las cosas están relacionadas.

Mis pacientes y sus familias suelen tener la sensación de que utilizo poca medicación para ayudarles a estar en calma. Conocer su historia me ayuda a comprender qué hay detrás de esa inquietud y a decidir cómo tratarla, incluida la medicación cuando hace falta.

Si reconoces estos cambios en tu madre o en tu padre y necesitas entender qué está pasando, puedes conocer cómo trabajo en la consulta a domicilio en Madrid o qué podemos valorar en una consulta online.

Esto es Geriatría Contigo®. Medicina respetuosa. La medicina que querría para mí y para mis hijos.

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública | Especialista en Geriatría | Máster en Salud Publica | Máster en Cuidados Paliativos | Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid

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¿Qué aparatos conviene tener en casa para conocer mejor tu salud?

Una persona puede empezar a estar más despistada, más cansada o más inestable y que, durante meses, todo termine atribuyéndose a la edad. Algunas veces, cuando finalmente revisamos qué está ocurriendo, encontramos algo mucho más concreto —y quizá tratable— que llevaba tiempo dejando pistas en casa.

El problema no siempre es que la familia no esté pendiente. Muchas veces, nadie había pensado en medir.

Por eso recomiendo siete aparatos y herramientas para controlar la salud en casa. Pueden ser útiles a cualquier edad, pero cobran especial importancia cuando hay una persona mayor, enfermedades crónicas o varios tratamientos. No sirven para hacer un diagnóstico ni para perseguir cifras perfectas. Sirven para conocer lo habitual, descubrir cambios y llegar a la consulta con información que permita hacer mejores preguntas.

Y he dejado para el final la que, en mi experiencia, convierte todos esos números sueltos en información verdaderamente útil.

7. Una báscula: ¿por qué importa conocer el peso habitual?

Una pérdida involuntaria de peso puede indicar que la persona está comiendo menos, perdiendo masa muscular, tolerando mal algún tratamiento o desarrollando una enfermedad, incluido un proceso maligno. Perder peso sin haber cambiado la alimentación ni la actividad merece una valoración médica.

Lo veo con frecuencia: una persona deja de participar, está más cansada o ya no quiere acudir a sus actividades y todo se interpreta como tristeza, apatía o falta de voluntad. Sin embargo, cuando preguntamos cuánto pesaba hace seis meses, nadie lo sabe. Algunas veces el problema no era convencerla para que hiciera más cosas, sino averiguar por qué estaba perdiendo peso.

Si quieres profundizar en las posibles causas y en qué debemos revisar, puedes leer también mi entrada sobre la pérdida de peso en la persona mayor.

También importa el movimiento contrario. Un aumento rápido de peso, especialmente si se acompaña de hinchazón en las piernas o dificultad para respirar, puede aparecer en determinados problemas cardiacos. El aumento de peso también puede estar relacionado con alteraciones de la tiroides, entre otras causas.

No hace falta pesarse todos los días. Hace falta conocer el peso habitual para reconocer cuándo algo ha cambiado y poder dar esa información cuando un profesional nos la pregunte.

6. Un glucómetro: ¿una glucosa de 99 está bien si eres joven? ¿Y si eres mayor?

El glucómetro no es necesario en todas las casas. Resulta especialmente útil cuando existe diabetes y se utilizan medicamentos capaces de producir hipoglucemias.

En las personas mayores, los objetivos de glucosa no siempre deben ser los mismos que en una persona joven. Una cifra que sobre el papel parece perfecta puede ser demasiado ajustada o baja para alguien con fragilidad, deterioro cognitivo, comidas irregulares o un tratamiento cuyo efecto continúa durante la noche.

Además, existe otro problema que estoy viendo con demasiada frecuencia. Algunos medicamentos que inicialmente se desarrollaron para tratar la diabetes o la insuficiencia cardiaca se están prescribiendo a personas mayores que no tienen diabetes ni insuficiencia cardiaca, simplemente como un tratamiento preventivo para proteger el riñón.

Soy especialista en Medicina Preventiva y esto me preocupa. Prevenir no consiste en añadir un medicamento «por si acaso», sino en comprobar que el beneficio esperado para esa persona supera claramente sus posibles riesgos.

Los problemas que observo en algunas personas mayores que toman estos medicamentos son debilidad, falta de apetito, pérdida de peso, deshidratación o una tensión demasiado baja. En una persona joven quizá sean efectos asumibles o fáciles de compensar; en una persona mayor pueden acarrear un deterioro físico importante.

Si después de comenzar uno de estos tratamientos la persona come menos, pierde peso, está más débil o presenta cifras de tensión más bajas, el tratamiento debe revisarse. Proteger preventivamente un órgano no debería significar perjudicar al conjunto de la persona.

Las recomendaciones actuales insisten en individualizar los objetivos y reducir el riesgo de hipoglucemia en personas mayores con problemas cognitivos o funcionales. Puedes consultarlo en los Estándares de atención de la American Diabetes Association para personas mayores.

También puedes ampliar esta información en mi entrada Diabetes en la persona mayor: ¿estamos tomando las decisiones correctas?.

5. Un tensiómetro: ¿una tensión baja siempre es una buena noticia?

Durante años hemos repetido que la tensión alta es peligrosa. Es cierto: cuando se mantiene elevada aumenta el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares. Pero de ahí no se deduce que cuanto más baja esté, mejor.

En consulta veo a personas mayores que reciben varios antihipertensivos y mantienen tensiones muy justas. Una cifra considerada «buena» puede parecer magnífica si se mira de forma aislada, pero merece otra lectura cuando la persona está más despistada, comienza a tropezarse, se marea al levantarse o ha sufrido alguna caída. Así que te recomiendo que, por lo menos, lo anotes y lo comentes con un profesional con experiencia.

De todas las mediciones que realizan las familias en casa, una de las que más utilizo es la de primera hora de la mañana, antes del desayuno y antes de tomar los antihipertensivos.

Los objetivos deben adaptarse a la edad, la fragilidad, las enfermedades y la tolerancia al tratamiento. La propia Sociedad Europea de Cardiología señala que el tratamiento de las personas muy mayores o frágiles requiere una valoración específica. Puedes leerlo en su revisión sobre hipertensión en personas mayores.

También puedes ampliar esta información en mi entrada Tensión arterial en el adulto mayor.

Por eso conviene anotar la cifra exacta, la hora, si la medición se realizó antes o después de tomar la medicación y si apareció algún síntoma. Solo así podremos comparar los datos y comprender su evolución.

4. Un pulsioxímetro: ¿saturar bien significa que el corazón y los pulmones están bien?

El pulsioxímetro o saturímetro estima la saturación de oxígeno y también muestra el pulso. Puede ser útil cuando existe una enfermedad respiratoria o cardiaca, dificultad para respirar o algún cambio respecto a la situación habitual.

Pero tiene tres límites importantes.

  • El primero es que una saturación normal no demuestra que el corazón y los pulmones estén sanos.
  • Además, la cifra adecuada no es igual para todas las personas. En determinadas enfermedades respiratorias, el médico puede establecer otro objetivo. Esto no significa que sea mejor tener menos oxígeno, sino que no debemos perseguir una cifra genérica ni modificar el oxígeno sin conocer la situación clínica.
  • El tercer límite es que el aparato puede equivocarse. La circulación y la temperatura de las manos, el esmalte de uñas o la pigmentación pueden afectar a la lectura. La FDA recuerda estas limitaciones, por lo que debemos mirar el número y también cómo se encuentra la persona.

No olvides observar el pulso. Una frecuencia cardiaca muy rápida o diferente de la habitual merece atención, especialmente si se acompaña de dificultad para respirar, dolor torácico, desmayo, debilidad o confusión.

Una frecuencia inferior a 60 se denomina bradicardia, pero no siempre indica una enfermedad: puede ser normal durante el sueño o en algunas personas muy entrenadas. Sin embargo, muchas veces necesita una valoración médica rápida. La American Heart Association explica las posibles causas de la bradicardia.

También debemos revisar la medicación. Algunas personas mantienen durante años varios tratamientos capaces de reducir el pulso, aunque su estado de salud haya cambiado. Si la persona está estable, conviene revisarlos al menos una vez al año —aunque los haya indicado un cardiólogo tiempo atrás— y antes si aparecen caídas, mareos, debilidad o un ingreso hospitalario.

¡No retires la medicación por tu cuenta! Hay medicación necesaria para mejorar la contractilidad del corazón. Prepara una lista completa y revísala con un profesional experto. Puedes utilizar mi guía sobre cómo organizar la medicación y preparar una tabla de medicamentos.

3. Un termómetro: ¿puede existir una infección sin fiebre?

Sí. Y este matiz es especialmente importante en las personas mayores.

El termómetro ayuda a detectar fiebre, pero no puede utilizarse para descartar una infección. La temperatura habitual puede ser algo más baja y la respuesta del organismo puede estar atenuada. El National Institute on Aging recuerda que, en una persona mayor, incluso una elevación respecto a su temperatura basal puede ser significativa.

Algunas veces el primer cambio no es una fiebre elevada. La persona está más dormida, come menos, camina peor, se muestra confusa o necesita una ayuda que hasta ese momento no necesitaba.

2. Un podómetro, un reloj o un móvil: ¿cuántos pasos hay que dar al día?

Esta es una de las preguntas que más recibo y una de las que peor admite una respuesta universal.

No puede tener el mismo objetivo una persona que camina mil pasos al día que otra que ya camina tres mil, cinco mil o diez mil. Antes de aumentar la actividad necesitamos conocer su punto de partida, cómo camina, cuánto se fatiga, si siente dolor, si ha sufrido caídas y qué enfermedades presenta.

El número de pasos no sustituye al trabajo de fuerza, equilibrio o movilidad. Sin embargo, ofrece algo muy valioso: una referencia de lo que esa persona hace realmente durante un día normal.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas inactivas comiencen con pequeñas cantidades y progresen gradualmente. Puedes consultar sus recomendaciones sobre actividad física y envejecimiento saludable.

El objetivo no es obedecer a un reloj. Es saber si la persona mantiene, pierde o recupera actividad.

No te preocupes, de todo esto hablaré más adelante.

1. Una libreta de salud: el dato que da sentido a todos los demás

Puedes tener una báscula, un glucómetro, un tensiómetro, un pulsioxímetro, un termómetro y un móvil que cuente los pasos. Si cada cifra queda perdida en un aparato distinto, será difícil reconstruir qué estaba ocurriendo cuando aparecieron los cambios.

Por eso recomiendo una libreta dedicada a la salud o una tabla que esté accesible para la persona y su familia.

En ella puedes registrar:

  • La fecha y la hora.
  • El peso.
  • La tensión arterial.
  • El pulso o frecuencia cardiaca.
  • La saturación de oxígeno.
  • La temperatura.
  • La glucosa, cuando corresponda.
  • Los pasos habituales.
  • Cambios relevantes: una caída, estreñimiento, menor apetito, más sueño, confusión, dolor o una modificación de la medicación.

Si la persona está bien, recomiendo rellenarla al menos una vez al mes. Si está perdiendo el equilibrio, más despistada, más dormida o presenta algún otro cambio, yo registraría los datos al menos una vez a la semana.

Y si piensas trabajar conmigo, es probable que inicialmente te pida anotar algunos parámetros todos los días durante dos o cuatro semanas. No por acumular números, sino para observar la evolución, relacionarla con los horarios y valorar si la medicación o el plan de tratamiento necesitan algún ajuste.

Los aparatos aportan datos, pero no sustituyen a un médico

Una cifra aislada rara vez explica por sí sola qué está ocurriendo. El mismo valor puede tener significados diferentes según la edad, la fragilidad, los síntomas, la alimentación, la medicación y la situación previa de la persona.

Inteligencia Artificial, ChatGPT y Salud

Esta es información médica y debe compartirse con el médico habitual o con un médico de confianza. No recomiendo entregar la tabla a ChatGPT, Claude u otra inteligencia artificial para que decida si una persona está bien o necesita cambiar su tratamiento.

Son aplicaciones diseñadas para mantener la interacción. Pueden construir una respuesta muy convincente a partir de una premisa equivocada e incluso reforzar la interpretación del usuario. Este fenómeno tiene nombre y merece una explicación propia; hablaré de ello en otra entrada.

Tampoco cambies ni suspendas la medicación únicamente por una medición doméstica. Si aparecen cifras muy alejadas de lo habitual junto con desmayo, dificultad para respirar, dolor torácico, confusión intensa, debilidad súbita o un deterioro rápido, solicita atención médica urgente.

Datos, no suposiciones

Medir no consiste en convertir la casa en un hospital ni en vivir pendiente de cada número. Consiste en dejar de depender de impresiones vagas cuando algo está cambiando.

«Está más torpe», «parece más apagado» o «últimamente duerme demasiado» son observaciones importantes. Cuando además sabemos que ha perdido seis kilos, ha reducido sus pasos a la mitad, mantiene una tensión muy justa o presenta un pulso inusualmente bajo, la conversación médica cambia.

Esa es la utilidad de estas siete herramientas: conocer la situación habitual, detectar una modificación y poder mostrar su evolución. Después vendrá la parte más importante: interpretar esos datos dentro de la historia completa de la persona.

¿Cuál de estas herramientas tienes ya en casa? ¿Añadirías alguna más?

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública | Especialista en Geriatría | Máster en Salud Publica | Máster en Cuidados Paliativos | Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid

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Qué llevar al hospital: prepara tu mochila para Urgencias

Dra. Paola Ríos con una mochila preparada para ir al hospital

Si esta noche tuvieras que salir a Urgencias con tu madre, ¿sabrías qué llevar al hospital en cinco minutos sin olvidar nada verdaderamente importante?

Para ir al hospital conviene tener preparada una mochila pequeña con ropa cómoda, un neceser básico, cargadores, documentación clínica y una lista actualizada de medicamentos. En el exterior debe quedar una segunda lista con aquello que se utiliza todos los días y no puede permanecer guardado: las gafas, los audífonos, el teléfono, la documentación original, la prótesis dental o el bastón.

No estamos preparando una maleta para pasar quince días fuera. Queremos resolver las primeras horas y evitar que, en medio de una urgencia, la familia tenga que recorrer toda la casa buscando informes, pastillas y cargadores.

Puedes ver aquí el vídeo completo:

¿Por qué conviene preparar la mochila antes de necesitarla?

Una urgencia no suele llegar cuando todo está ordenado y tenemos tiempo para pensar. Puede aparecer de noche, durante un fin de semana o cuando la persona que conoce mejor la medicación no está en casa.

Preparar la mochila con antelación permite separar dos cosas:

  • Lo que puede permanecer guardado: ropa, neceser, cargador de repuesto, libreta y copias de documentos.
  • Lo que debe añadirse en el último momento: DNI, tarjeta sanitaria, gafas, audífonos, teléfono, medicación y ayudas para caminar.

Esta distinción es la parte más importante. No sirve de mucho guardar una lista perfecta dentro de un cajón si nadie sabe dónde está cuando llega la ambulancia.

¿Qué ropa y productos de aseo debemos llevar al hospital?

Ropa para las primeras horas

Dentro de la mochila dejaría:

  • Ropa cómoda y fácil de poner.
  • Ropa interior y calcetines.
  • Una chaqueta fina.
  • Calzado cerrado, ancho y antideslizante.
  • Una bolsa vacía para separar la ropa sucia.

El hospital puede proporcionar pijama o camisón, pero llevar una muda propia resulta útil si la estancia se prolonga o la persona se encuentra más cómoda con su ropa.

Un neceser pequeño, no el cuarto de baño entero

Prepara un neceser con productos duplicados o en envases pequeños:

  • Cepillo y pasta de dientes.
  • Peine o cepillo.
  • Gel y champú.
  • Desodorante.
  • Crema hidratante.
  • Productos para limpiar y guardar la prótesis dental, si se utiliza.
  • Las gotas o productos de uso habitual que sean difíciles de sustituir.

El Hospital Universitario La Princesa recomienda preparar una mochila pequeña con artículos de higiene, calzado cómodo, cargador, medicación habitual y dispositivos como la CPAP.

No guardes joyas, grandes cantidades de dinero ni objetos de valor.

¿Qué objetos prácticos pueden quedarse dentro de la mochila?

Hay varios objetos que ocupan poco y pueden ahorrarnos muchos problemas:

  • Un cargador de repuesto para el teléfono.
  • Una batería portátil, comprobando periódicamente que conserva carga.
  • Un bolígrafo.
  • Una libreta.
  • Un libro pequeño, una revista o un pasatiempo sencillo.
  • Una bolsa vacía para la ropa usada.

La libreta no es un adorno. Puede utilizarse para apuntar las pruebas pendientes, los cambios de tratamiento, lo que explica cada profesional y las preguntas que la familia quiere hacer antes del alta.

¿Qué debemos apuntar para coger justo antes de salir a urgencias?

Hay objetos imprescindibles que no pueden permanecer dentro de la mochila porque se utilizan todos los días.

Escríbelos en un folio grande, colócalo dentro de una funda transparente y déjalo sujeto al asa o en el bolsillo exterior.

En esa lista incluiría:

  • DNI y tarjeta sanitaria originales.
  • Teléfono móvil.
  • Gafas y funda.
  • Audífonos, pilas o cargador.
  • Prótesis dental y recipiente identificado.
  • Bastón, andador u otra ayuda habitual.
  • Medicación y tratamientos que se utilizan a diario.
  • Cargador, si no existe uno de repuesto dentro.

Los audífonos y la prótesis dental son pequeños, caros y fáciles de extraviar. Conviene guardarlos en recipientes identificados con el nombre y un teléfono de contacto. Cuando la persona no los esté utilizando, es preferible que un familiar se responsabilice de ellos.

Aunque parezca evidente, hay que escribirlo. En una urgencia también se olvida lo evidente.

¿Qué documentos e informes médicos debemos llevar a una urgencia o a una hospitalización?

Prepara una funda de plástico independiente con la documentación clínica. No hace falta llevar todos los informes desde el principio de los tiempos. Lo importante es que la información relevante pueda localizarse rápido.

Primera hoja: la información que debe encontrarse enseguida

La primera hoja debería incluir:

Informes importantes

Añade los informes médicos más recientes y aquellos que contienen información difícil de reconstruir: intervenciones, enfermedades relevantes, pruebas recientes o decisiones terapéuticas importantes.

En una persona mayor también recomiendo dejar escrito cómo estaba antes de enfermar: si caminaba sola, necesitaba ayuda, comía sin ayuda, utilizaba el baño, hablaba normalmente o tenía problemas de memoria. Esto ayuda a distinguir su situación habitual de los cambios que han aparecido durante la enfermedad actual.

Si todavía no tienes preparada la tabla de medicación, en este artículo explico cómo organizar los medicamentos y comprobar las dosis y los horarios.

¿Cómo debemos llevar los medicamentos al hospital?

Además de la tabla actualizada, conviene llevar la medicación habitual correctamente identificada.

Siempre que sea posible:

  • Lleva las cajas o los envases originales.
  • Si ocupan demasiado, lleva los blísteres conservando visible el nombre y la dosis.
  • No lleves pastillas sueltas.
  • No mezcles todos los medicamentos en un pastillero sin ninguna referencia.

El objetivo es que los profesionales puedan comprobar exactamente qué toma la persona y decidir qué debe mantenerse, suspenderse o sustituirse durante el ingreso.

Una advertencia importante

Llevar la medicación no significa administrarla por nuestra cuenta. Una vez en Urgencias o durante el ingreso, debemos entregarla o mostrarla al personal sanitario y seguir sus indicaciones.

Si damos una pastilla sin comunicarlo, el equipo podría administrarla después de nuevo. El Hospital Universitario de Getafe recomienda consultar al personal antes de tomar cualquier fármaco durante la atención en Urgencias.

¿Qué tratamientos o dispositivos especiales debemos recordar?

Algunos productos no siempre pueden sustituirse inmediatamente o requieren accesorios concretos. Según el caso, añade a la lista de última hora:

  • Insulina y material necesario para administrarla.
  • Inhaladores.
  • Colirios.
  • CPAP con mascarilla, tubo y cable.
  • Espesante, si la persona lo utiliza habitualmente.
  • Material para ostomías, sondas u otros cuidados específicos.
  • Cualquier dispositivo o tratamiento poco habitual que resulte difícil de reemplazar.

Identifica también estos objetos con el nombre y un teléfono. Si algún producto necesita condiciones especiales de conservación, mantenlo según las instrucciones correspondientes y comunícalo al personal sanitario al llegar.

¿Cómo podemos evitar pérdidas durante el ingreso?

En el hospital cambian las habitaciones, se mueve la ropa de cama y pueden intervenir distintos profesionales y familiares. Por eso recomiendo:

  • Identificar gafas, audífonos, prótesis y dispositivos.
  • Utilizar recipientes visibles, no envolverlos en servilletas o pañuelos.
  • Anotar quién se responsabiliza de los objetos pequeños.
  • No llevar joyas ni objetos de valor.
  • Revisar la mesilla, el armario y el baño antes de cambiar de habitación o recibir el alta.

¿Cada cuánto debemos revisar la mochila?

Como regla práctica, revisa la mochila cada tres o seis meses y siempre que cambie la medicación, aparezca una alergia nueva, se produzca un ingreso o se actualicen los informes médicos.

Comprueba:

  • Que la ropa sigue siendo adecuada.
  • Que los productos no han caducado.
  • Que la batería portátil conserva carga.
  • Que los teléfonos de contacto continúan vigentes.
  • Que la lista de medicamentos coincide con el tratamiento actual.

La mochila debe estar en un lugar conocido por toda la familia. No sirve que solo sepa encontrarla la persona que la preparó.

Lista rápida: qué llevar al hospital

Dentro de la mochila

? Ropa cómoda, ropa interior y calcetines.
? Chaqueta fina.
? Calzado cerrado y antideslizante.
? Neceser básico.
? Cargador de repuesto.
? Libreta y bolígrafo.
? Libro, revista o pasatiempo.
? Bolsa para la ropa sucia.
? Copias de informes y documentación clínica.

Para coger antes de salir

? DNI y tarjeta sanitaria.
? Teléfono móvil.
? Gafas y funda.
? Audífonos, pilas o cargador.
? Prótesis dental y recipiente.
? Bastón, andador u otra ayuda habitual.
? Medicación correctamente identificada.
? Insulina, inhaladores, colirios o CPAP, según el caso.
? Tabla actualizada de medicamentos.

Prepara la mochila cuando todo esté tranquilo, es decir, hoy

No podemos prever cuándo será necesario acudir a Urgencias, pero sí podemos evitar que la familia tenga que improvisarlo todo en el peor momento.

Prepara la mochila, deja la lista visible y explica a los demás dónde se encuentra. Cuando llegue el día de utilizarla, probablemente no tendrás tiempo ni cabeza para empezar a buscar informes, gafas, audífonos y medicamentos por toda la casa.

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®


Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica. Especialista en Geriatria. Máster en Salud Publica. Máster en Cuidados Paliativos. Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid.

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Cómo organizar la medicación y preparar una tabla de medicamentos correctamente

Dra. Paola Ríos Germán mostrando una tabla para organizar la medicación correctamente.

Saber cómo organizar la medicación es importante para evitar errores con las dosis, los horarios o los medicamentos que ya deberían haberse retirado. Una lista escrita de memoria puede parecer suficiente, hasta que la comparamos con el informe médico más reciente y con las cajas que realmente hay en casa.

Un medicamento pudo cambiar durante un ingreso, en urgencias, en atención primaria o después de visitar a un especialista. Y no siempre todos los informes y todas las listas se actualizan al mismo tiempo.

Por eso, antes de preparar un pastillero, conviene hacer algo más importante: comprobar exactamente qué medicamentos estás tomando, en qué dosis, a qué hora y para qué sirve cada uno.

En este vídeo te explico cómo hacerlo paso a paso:

Por qué no debes preparar la lista de memoria

No se trata de que no conozcas tus pastillas. Se trata de que la medicación cambia y la información puede quedar repartida entre diferentes informes, recetas y cajas.

En un estudio realizado con 751 personas mayores con polifarmacia, el 72 % presentaba alguna discrepancia entre las listas de medicamentos aportadas por el propio paciente, atención primaria y la farmacia. Las diferencias podían afectar al nombre del medicamento, la dosis o la frecuencia de administración.

Otro estudio, realizado en servicios de urgencias, encontró al menos una discrepancia en el 56,8 % de los pacientes estudiados. Los errores más frecuentes fueron la omisión de un medicamento y la utilización de una dosis incorrecta.

Además, después de un alta hospitalaria el tratamiento puede seguir cambiando. En un estudio sobre medicamentos cardiometabólicos, el 39 % de los participantes presentaba algún error a los siete días y el 50 % a los 90 días.

Esta comprobación tiene un nombre: conciliación de la medicación. NICE la define como el proceso de identificar la lista más exacta posible de los medicamentos que toma una persona —nombre, dosis, frecuencia y vía de administración— y compararla con la información disponible cuando cambia de nivel asistencial.

La tabla que vamos a preparar no sustituye esa revisión profesional, pero ayuda a reunir la información y detectar diferencias que deberían consultarse.

Qué necesitas antes de empezar

Ten delante:

  • El informe médico más reciente o la hoja de medicación actualizada.
  • Las cajas de todos los medicamentos que tienes en casa.
  • Los informes recientes de urgencias, hospitalización o especialistas.
  • Los tratamientos que utilizas solamente algunos días, aunque no sean comprimidos.

No empieces hasta tenerlo todo delante.

Cómo preparar la tabla de medicamentos

1. Escribe el nombre completo y la dosis

En la primera columna anota:

  • El nombre comercial.
  • Los principios activos que contiene.
  • La dosis exacta en miligramos.

Esto es importante porque algunos nombres comerciales contienen más de un principio activo y pueden venderse en dosis diferentes.

Por ejemplo, Cardyl Plus contiene ezetimiba y atorvastatina. Si la persona toma Cardyl Plus 10/40 mg, en la tabla debería aparecer:

Cardyl Plus 10/40 mg: ezetimiba 10 mg y atorvastatina 40 mg.

Haz esta comprobación con cada medicamento, uno por uno.

Tabla de medicamentos, haz clic aquí

2. Añade los horarios

Después crea las columnas que necesites:

  • Antes del desayuno.
  • Desayuno.
  • Comida.
  • Merienda.
  • Cena.
  • Antes de dormir.

No todas las personas necesitan todas estas columnas. Adapta la tabla al tratamiento real.

En cada casilla escribe la cantidad que tomas: uno, medio o cero. Por ejemplo: uno en el desayuno, cero en la comida y medio en la cena.

3. Incluye los tratamientos que no tomas todos los días

Debajo de la tabla añade los medicamentos que utilizas:

  • Una vez a la semana.
  • Solamente determinados días.
  • Una vez al mes.
  • Cada tres o seis meses.

Incluye también inyecciones, parches, inhaladores, colirios, sobres, cremas, vitaminas y suplementos prescritos.

Una lista formada únicamente por comprimidos puede dejar fuera una parte importante del tratamiento.

4. Añade la columna más importante: «¿Para qué lo tomo?»

No basta con conocer el nombre, la dosis y el horario. También deberías saber por qué te indicaron cada medicamento y si continúa siendo necesario.

Hay medicamentos que se añaden durante una hospitalización para tratar un problema puntual y que estaban previstos solamente durante unos días. Sin embargo, pasa el tiempo y la persona continúa tomándolos durante meses o incluso años.

Si no sabes para qué sirve alguno, no lo suspendas. Escribe un signo de interrogación en esa casilla y pregúntalo en la próxima consulta.

Una buena revisión de la medicación consiste en responder tres preguntas:

  1. ¿Qué estoy tomando?
  2. ¿Por qué lo estoy tomando?
  3. ¿Todavía lo necesito?

Puedes leer también este ejemplo de prescripción inadecuada secundaria a un antidepresivo y estas cuatro cosas que quizá no sabías del omeprazol.

Compara la tabla con los informes y las cajas

Cuando termines, vuelve a comprobarlo todo.

Puede ocurrir que:

  • Un medicamento aparezca en un informe, pero no en otro.
  • La caja tenga una dosis diferente de la indicada en la hoja de medicación.
  • Un tratamiento figure por la mañana aunque se esté tomando por la noche.
  • Una medicación prescrita una vez al día se esté administrando varias veces.
  • Un medicamento retirado continúe apareciendo como activo.

Si encuentras alguna diferencia, señálala y consúltala.

Esta tabla sirve para comprobar el tratamiento. No sirve para modificarlo ni suspenderlo por tu cuenta.

Qué hacer con la tabla terminada

Imprime tres copias:

  • Coloca una en la nevera, para que pueda localizarse rápidamente por ti o por otra persona
  • Guarda las otras dos y ponlas en un plástico de folios: para llevarla a las consultas médicas o a urgencias

Actualiza las copias cada vez que se añada, retire o modifique algún medicamento y después de un alta hospitalaria.

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No envío consejos genéricos. Comparto información que pueda ayudarte a comprender mejor qué está ocurriendo y qué deberías revisar.

Si la tabla revela varias diferencias, duplicidades, medicamentos cuyo motivo desconoces o un empeoramiento que comenzó después de cambiar el tratamiento, puede ser conveniente solicitar una revisión estructurada de la medicación.

Como sabes tengo consultas presenciales y online, puedes contactar conmigo si lo necesitas

¿y tú, preparas así tu medicación?

Fuentes

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica. Especialista en Geriatría. Máster en Cuidados Paliativos. Máster en Salud Publica. Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid.

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Geriatra online: qué se puede valorar en una consulta por videollamada

Consulta de Geriatría online con la Doctora Paola Ríos Germán, médico geriátra

Una consulta de geriatría online permite revisar problemas médicos complejos, medicación, memoria, estado de ánimo, alimentación, autonomía, marcha y equilibrio. AdemásTambién sirve para personas independientes que desean hacer medicina preventiva.

La videollamada permite escuchar la historia con calma, revisar informes y pruebas, observar a la persona en su entorno y decidir qué necesita a continuación.

Esta forma de trabajar sigue la lógica de la valoración geriátrica integral. La Organización Mundial de la Salud recomienda valorar de forma conjunta la cognición, la movilidad, la vitalidad, el estado psicológico y el entorno social de la persona mayor.

¿Qué puede valorar realmente un geriatra por videoconferencia?

Por videoconferencia se puede estudiar la evolución de los síntomas y relacionarla con la medicación, la autonomía, la memoria, el ánimo, la nutrición y la movilidad. Los informes, las analíticas, los vídeos y la información de la familia completan la valoración cuando son necesarios.

1. Por qué una persona mayor camina peor

Puedo observar cómo se levanta de una silla, mantiene el equilibrio y camina por casa. Si existen condiciones de seguridad, también puedo realizar pruebas estructuradas como la SPPB. Caminar peor puede relacionarse con pérdida de fuerza, dolor, medicación, inactividad o enfermedades neurológicas, cardiacas o respiratorias; no debe atribuirse sin más a la edad. En este artículo explico mejor cómo se valora el equilibrio.

2. Si existen problemas de memoria o una demencia

La valoración cognitiva online permite explorar memoria, atención, orientación y lenguaje, pero también algo esencial: si la persona continúa manejando su medicación, sus citas y sus actividades cotidianas. Los resultados se interpretan junto con el sueño, el ánimo, los fármacos y la evolución. Algunas causas pueden imitar o agravar un deterioro cognitivo, como explico en ¿La demencia se puede revertir?.

3. Cómo ordenar enfermedades, informes y medicamentos

La consulta permite integrar diagnósticos de distintos especialistas, síntomas, analíticas y tratamientos. Es especialmente útil cuando cada problema se ha estudiado por separado, pero nadie parece estar viendo el conjunto. El objetivo no es sustituir a los especialistas, sino establecer prioridades y detectar qué necesita revisión.

4. Por qué una persona come menos o pierde peso

Reviso qué come realmente, cómo ha variado el peso y si existen dificultades para masticar o tragar. La falta de apetito puede deberse a una enfermedad, estreñimiento, dolor, bajo estado de ánimo, medicación o problemas para comprar y preparar la comida. Un peso aparentemente normal no descarta riesgo nutricional.

5. Si algún medicamento está empeorando la situación

Reviso los tratamientos diarios, semanales, mensuales y los productos sin receta. Compruebo por qué se indicó cada uno y si puede estar favoreciendo somnolencia, mareo, confusión, falta de apetito o caídas. No se trata de retirar medicamentos por sistema, sino de equilibrar beneficios y riesgos.

6. El ánimo, la ansiedad y la apatía

En una persona mayor, la depresión no siempre se expresa como tristeza. Puede aparecer como apatía, irritabilidad, aislamiento, insomnio, pérdida de apetito o quejas de memoria. En Depresión en personas mayores: más allá de la tristeza explico estas presentaciones menos evidentes.

7. Los cambios de conducta y de sueño en la demencia

La agitación, el insomnio o una conducta repetitiva no deben atribuirse automáticamente a la demencia. Antes reviso si existe dolor, infección, estreñimiento, retención urinaria, deshidratación, un cambio de medicación o una alteración del entorno. Saber cuándo aparece la conducta y qué sucede justo antes suele aportar información decisiva.

8. Por qué una persona ha vuelto peor del hospital

Tras un ingreso, una persona puede regresar más débil, confusa, inapetente o dependiente aunque el problema agudo esté resuelto. En esos casos reviso la medicación del alta, la movilidad, la alimentación, el sueño, la cognición y los apoyos disponibles para identificar qué parte puede recuperarse.

9. Cómo prevenir problemas si la persona se encuentra bien

Una persona independiente puede consultar para revisar su riesgo cardiovascular, fuerza, alimentación, sueño, salud cerebral, medicación y medidas preventivas. El objetivo no es buscar enfermedades en quien se encuentra bien, sino conservar aquello que sostiene su autonomía.

10. Qué necesita una persona mayor con cáncer

La valoración geriátrica estudia el cáncer dentro de la situación completa de la persona: fuerza, autonomía, nutrición, cognición, síntomas, medicación, apoyo social y objetivos. Dos personas de la misma edad y con el mismo tumor pueden tener necesidades muy diferentes.

¿Puede una videollamada ayudar en un problema médico complejo?

Sí. Puede ayudar a reconstruir la historia, relacionar síntomas y detectar qué hipótesis necesita confirmación mediante exploración o pruebas presenciales.

Un señor me llamó desde Cádiz porque no podía dormir. Antes de conocerme había acudido tres veces a Urgencias, pero seguía encontrándose mal. Al escuchar su historia con detalle, comprendí que el ahogo nocturno se le presentaba como pesadillas y dificultad para dormir. Por el conjunto de los síntomas sospeché insuficiencia cardiaca.

La familia volvió a Urgencias para corroborarlo y allí confirmaron la presencia de líquido en los pulmones. Lo atendí durante cuatro meses y mejoraron el ahogo nocturno, el ánimo y la forma de caminar. Durante el seguimiento también diagnostiqué un deterioro cognitivo mediante videoconferencia.

La semiología (la historia que la persona mayor y su familia cuenta) y las pruebas no compiten entre sí. Una historia clínica bien hecha orienta qué debemos buscar; la exploración y las pruebas ayudan a confirmarlo. Este caso tampoco demuestra que todo pueda resolverse online: muestra que una consulta cuidadosa puede ordenar el problema y dirigir el siguiente paso.

¿Puede hacerse medicina preventiva online si la persona se encuentra bien?

Sí. La consulta permite conocer el punto de partida de una persona independiente y decidir qué conviene mantener, estudiar o modificar para proteger su salud y su autonomía.

En España me consultan con mayor frecuencia familias que afrontan situaciones complejas. En Latinoamérica recibo más consultas de personas mayores jóvenes e independientes que quieren anticiparse. Reviso antecedentes, riesgo cardiovascular, alimentación, fuerza, actividad física, sueño, salud cognitiva, medicación, suplementos y medidas preventivas indicadas para esa persona.

La prevención no consiste en pedir todas las pruebas posibles ni en perseguir cifras idénticas para todos. La OMS define el envejecimiento saludable por la capacidad funcional que permite vivir con bienestar, no solo por la ausencia de diagnósticos.

¿Puede ayudarme a solicitar la Ley de Dependencia?

Sí. En la consulta puedo valorar y dejar documentadas las enfermedades, la memoria, la movilidad, la autonomía, los cambios de conducta, la necesidad de supervisión y los apoyos que la persona necesita en su vida diaria.

También puedo orientar a la familia sobre los informes y la información que conviene reunir, y elaborar una historia clínica que explique no solo los diagnósticos, sino cómo afectan realmente a actividades como asearse, vestirse, comer, caminar, tomar la medicación o permanecer sola con seguridad.

La solicitud y el reconocimiento del grado corresponden a la Administración competente de cada comunidad autónoma, de acuerdo con la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Ningún médico puede garantizar un grado concreto, pero una valoración bien ordenada puede evitar que se pierda información clínica y funcional importante.

¿Cómo funciona la primera consulta de geriatría online?

La primera consulta se prepara antes de la videollamada para dedicar el tiempo a comprender el caso, valorar a la persona y tomar decisiones.

  1. Primera conversación. Hablamos por teléfono, nos presentamos y me cuentan qué sucede y qué esperan conseguir.
  2. Información previa. Solicito informes, pruebas y una lista completa de la medicación. Según el caso, también pido datos sobre alimentación, peso, autonomía, cognición y situación social.
  3. Videollamada. Dura aproximadamente una hora y cuarto. Habitualmente participan la persona mayor y un familiar, aunque en algunas situaciones puede acudir primero el familiar solo.
  4. Historia clínica y plan. Elaboro una historia clínica de Geriatría Contigo®, habitualmente de unas siete páginas, con los problemas identificados y un plan por prioridades.
  5. Seguimiento. Suele realizarse una primera revisión a las dos semanas y, cuando hace falta, controles mensuales. En determinados casos puede plantearse un trabajo más amplio mediante el Programa Sénior 360º.

¿Cómo solicitar una consulta de geriatría online?

Puede solicitar una consulta para comprender un cambio en la salud de una persona mayor, ordenar una situación médica compleja o realizar una valoración preventiva sin desplazarse. Antes de reservar hablaremos brevemente para confirmar si la modalidad online es adecuada.

SOLICITAR CONSULTA MÉDICA ONLINE

También puede contactar con Geriatría Contigo®  si necesita plantear una duda. ¿Tienes alguna duda? Cuéntamelo en comentarios

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Médico. Especialista en Geriatría. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica.

Máster en Cuidados Paliativos. Máster en Salud Pública

20 años de experiencia

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Eclipse solar de 2026: cómo disfrutarlo con seguridad si es una persona mayor

Mañana, 12 de agosto, millones de personas mirarán al cielo para ver el eclipse. Y seguramente muchas familias querrán compartirlo con sus padres o con sus abuelos.

Pero hay una situación de la que casi nadie está hablando.

Imagine que su madre lleva puestas sus gafas para eclipses, pero en un momento determinado se las quita porque le molestan. O mira por encima para comprobar si «ya se ve». Quizá ha oído que durante unos instantes el eclipse puede observarse sin protección y decide que ese momento ya ha llegado.

Pueden ser solo unos segundos. Y no hace falta tener demencia para hacerlo.

Por eso, cuando hablamos del eclipse y de las personas mayores, no basta con repetir que hay que comprar gafas homologadas. La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Podemos garantizar que esa persona mantendrá las gafas bien colocadas y seguirá las indicaciones durante toda la observación?

Si no podemos garantizarlo, lo más seguro es que no mire directamente al Sol.

No hace falta tener deterioro cognitivo para cometer un error

Una persona puede comprender perfectamente la explicación y, aun así, quitarse las gafas por curiosidad, por incomodidad o porque ve que otra persona lo hace. También puede colocárselas mal, mirar por un lateral o retirarlas antes de tiempo.

En otras personas sí pueden existir problemas de memoria, atención o comprensión. Pueden recordar la indicación al principio y olvidarla unos minutos después. Puede haber deterioro cognitivo sin diagnosticar, dificultad para entender lo que está ocurriendo o una tendencia a imitar a quienes tienen alrededor.

La decisión, por tanto, no debería depender únicamente de que exista o no un diagnóstico de demencia. Debe depender de la conducta que podemos prever y de la supervisión real que podamos ofrecer.

Hay personas mayores que podrán observar el eclipse siguiendo las mismas recomendaciones que cualquier adulto. Y habrá otras para quienes será más prudente verlo en una pantalla o mediante un método de proyección indirecta seguro. La edad, por sí sola, no decide. La capacidad de seguir la indicación de manera constante, sí.

«Pero hay un momento en el que se puede mirar sin gafas»

Durante la totalidad, cuando el Sol está completamente oculto, existe un intervalo muy breve en el que puede retirarse la protección. El problema es que ese intervalo no comienza ni termina a la misma hora en todos los lugares. Además, en muchas localidades la totalidad no se verá o durará muy poco.

En una retransmisión, una voz puede anunciar que ha comenzado la totalidad. Pero una familia que está en la calle, pendiente del cielo, de las gafas y de varias personas a la vez puede no identificar con precisión ese segundo. Y todavía queda algo más difícil: volver a colocar la protección antes de que reaparezca la primera parte del Sol.

Por eso, mi recomendación para las familias es sencilla: si no saben con absoluta certeza cuándo comienza y termina la totalidad en el lugar exacto en el que se encuentran, no retiren las gafas en ningún momento.

No merece la pena convertir unos segundos de observación en una prueba de reflejos ni discutir sobre quién controla el reloj. Ante la duda, las gafas se mantienen puestas o el eclipse se sigue de manera indirecta.

El daño ocular puede ocurrir sin que la persona se dé cuenta

Mirar directamente al Sol puede lesionar la retina. El problema es que la retina no tiene receptores del dolor: la persona puede no notar dolor ni una quemadura en el momento y pensar que no ha sucedido nada.

Las alteraciones visuales pueden aparecer después. Entre ellas se encuentran la visión borrosa, una mancha oscura o distorsionada en el centro del campo visual, cambios en la percepción de los colores o dificultad para leer y reconocer detalles.

Si después de observar el eclipse aparece cualquiera de estos síntomas, debe solicitarse una valoración oftalmológica. No conviene esperar varios días para comprobar si desaparece por sí solo.

Tampoco protegen las gafas de sol habituales, aunque sean muy oscuras, ni las radiografías, los cristales ahumados, los filtros caseros o mirar a través de la cámara del móvil. Para la observación directa se necesitan gafas específicas para eclipses que cumplan la norma ISO 12312-2, que estén en buen estado y se utilicen exactamente como indica el fabricante.

Cómo decidir si su padre o su madre puede verlo directamente

Antes de salir, yo me haría estas preguntas:

  1. ¿Comprende qué va a ocurrir y por qué no puede mirar sin protección? No basta con que responda que sí: debe poder mantener esa indicación durante todo el tiempo.
  2. ¿Tolera bien las gafas? Si se las quita habitualmente, dice que le molestan o intenta mirar por encima, no es una opción segura.
  3. ¿Hay una persona dedicada a supervisarla? Acompañar no es estar cerca mientras todos miran al cielo. Supervisar significa comprobar de forma continua que las gafas siguen bien colocadas.
  4. ¿Existe alguna dificultad visual o física que complique su uso? Una persona con baja visión, temblor, limitación para sujetar las gafas o problemas para colocárselas puede necesitar ayuda específica.
  5. ¿La observación se hará con calma? Las aglomeraciones, las prisas y un entorno desconocido aumentan la posibilidad de errores.

Si alguna de estas respuestas genera dudas, elegir una retransmisión no significa dejar a la persona fuera. Puede compartir la experiencia, comentar lo que ocurre, observar cómo cambia la luz y vivir el momento con su familia sin exponerse a un riesgo evitable.

En las residencias, la recomendación debe ser todavía más prudente

En una residencia puede haber veinte, treinta o cincuenta personas reunidas. Algunas seguirán las instrucciones sin dificultad. Otras pueden olvidarlas. Y otras, sin ningún deterioro cognitivo, pueden quitarse las gafas para limpiarlas, ajustarlas o comprobar si «ya se puede mirar».

Un profesional no puede vigilar de forma continua la posición de las gafas de todas las personas al mismo tiempo. Repartirlas, explicar la norma una vez y confiar en que nadie se las quitará no es supervisión suficiente.

Por eso, en residencias recomiendo seguir el eclipse por televisión o mediante una proyección indirecta segura como opción general. Puede organizarse como una actividad especial, explicar qué está ocurriendo y permitir que las personas participen sin necesidad de mirar directamente al Sol.

La observación directa podría plantearse únicamente en grupos muy pequeños, después de valorar a cada residente y cuando exista supervisión individual real. Si una sola persona debe vigilar a varias a la vez, ya no podemos asegurar que detectará a tiempo quién se quita las gafas o mira por un lateral.

Esta recomendación no pretende infantilizar ni limitar a las personas mayores. Pretende adaptar la actividad al entorno real. La autonomía no consiste en exponer a alguien a un riesgo que no puede comprender o controlar; consiste en buscar una forma segura de que pueda participar.

Si van a salir, preparen también lo más sencillo

El eclipse se produce en agosto y muchas personas permanecerán un tiempo fuera de casa esperando. Conviene elegir un lugar accesible, con posibilidad de sentarse, agua y una zona de sombra. Una persona con problemas de movilidad, cardiopatía, enfermedad respiratoria o mala tolerancia al calor no debería estar de pie en una aglomeración durante un periodo prolongado solo para conseguir una mejor vista.

Esto es secundario frente a la protección ocular, pero también forma parte de una actividad bien organizada. No tiene sentido proteger la retina y olvidar el resto de la persona.

Mi recomendación final

Si su padre o su madre comprende las instrucciones, tolera las gafas específicas para eclipses y tendrá a alguien pendiente durante toda la observación, puede participar de forma directa con las medidas adecuadas.

Si puede olvidarlas, quitárselas, mirar por encima o no habrá una supervisión continua, elijan la televisión o una proyección indirecta segura.

Y en una residencia con muchas personas, esa debería ser la opción habitual.

El eclipse será extraordinario aunque se vea en una pantalla. Una lesión en la retina también puede ser extraordinaria, pero en el peor sentido, y puede no dar ninguna señal de aviso mientras está ocurriendo.

No basta con tener las gafas. Hay que poder garantizar que se usarán bien en todo momento.


Fuentes oficiales:

¿Tienes algunas duda? cuéntamelo en comentarios

Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Especialista en Geriatría y Medicina Preventiva
Geriatría Contigo®

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Estuve 20 años en la sanidad pública. Hace un año renuncié

Estuve veinte años en la sanidad pública y pensé que me jubilaría allí. Hace un año tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: dejar la sanidad pública. Hoy quiero contarte por qué lo hice y qué ha cambiado desde entonces.

He trabajado durante veinte años en la sanidad pública.

He pasado por grandes hospitales, como La Paz o el Ramón y Cajal, por el Hospital Universitario de Guadalajara y por hospitales más pequeños, como el Hospital del Sureste, en Arganda.

En todos ellos crecí como médica. Pero también crecí como persona.

Conocí distintas formas de trabajar, servicios enormes y equipos pequeños, hospitales con muchos recursos y otros donde había que hacer verdaderos malabares. Trabajé en Medicina Preventiva y Salud Pública, en Geriatría, en hospitalización, consultas, residencias, gestión e investigación.

Aprendí de médicos extraordinarios, de enfermeras, auxiliares, terapeutas, pacientes y familias. También aprendí de los días difíciles, de las guardias, de los errores, de las decisiones que no estaban en ningún manual y de todo lo que sucede dentro de un hospital cuando nadie está mirando.

Yo pensaba que me jubilaría en la sanidad pública.

No ocurrió.

Hace un año renuncié.

La médica que fui descubriendo que era

Por mi manera de pensar, probablemente la especialidad que mejor encaja conmigo es Medicina Preventiva y Salud Pública.

En esta especialidad detectas un problema que afecta a una comunidad, a un hospital o incluso a un país. Estudias lo que sucede, buscas información, te asesoras, diseñas un plan, estableces objetivos, buscas alianzas, negocias, desarrollas el proyecto y mides los resultados.

Es un tipo de trabajo en el que tienes que pensar, crear, organizar, convencer y mojarte.

Y eso me encanta.

Pero también me encanta trabajar directamente con los pacientes.

Por eso hice Geriatría. Porque necesitaba estar delante de las personas, escucharlas, explorarlas, conocer a sus familias y comprender qué estaba ocurriendo realmente en sus casas.

Yo necesitaba las dos cosas: pensar en sistemas completos y, al mismo tiempo, mirar a una persona concreta a los ojos.

Cuando sabes lo que necesita una persona, pero no siempre puedes ofrecérselo

Con los años comenzaron a pesarme algunas cosas.

Me resultaba muy difícil aceptar que una familia tuviera media hora para comprender que su madre podía tener una enfermedad de Alzheimer o un cáncer.

Me parecía difícil explicar un diagnóstico que iba a cambiar una vida mirando continuamente el reloj.

También me costaban los seguimientos demasiado separados. Una cita seis meses después puede ser adecuada en algunos casos, pero en otros supone perder un tiempo valiosísimo. Cuando una persona mejora pronto, todo suele ser más sencillo: recupera antes la movilidad, duerme mejor, disminuye el miedo, la familia comprende qué hacer y se evitan complicaciones.

Cuando podía, buscaba huecos para ver antes a quienes lo necesitaban. Intentaba reservar más tiempo para comunicar diagnósticos difíciles. Procuraba adaptar la consulta a la persona y no obligar siempre a la persona a adaptarse a la consulta.

También veía necesidades que el propio sistema no podía cubrir.

Hay personas que, después de un ingreso, necesitan terapia ocupacional, fisioterapia, apoyo psicológico, ejercicio supervisado o una intervención más intensa en su domicilio. Pero cuando un recurso prácticamente no existe dentro del sistema, resulta muy difícil incorporarlo de verdad al plan.

Yo quería elaborar planes, revisar pronto, preguntar qué había ocurrido en casa y cambiar lo que no estaba funcionando.

A veces podía hacerlo. Tuve jefes y compañeros magníficos que entendían esa manera de trabajar. Les encantaba verme tan ilusionada y me ayudaban.

Otras veces, no.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo

Siempre había dormido como un oso.

Era uno de los hábitos de los que más orgullosa estaba. No veía películas por la noche porque mi sueño era sagrado. Me encantaba madrugar, pero todavía me gustaba más dormir.

Mi cabeza tocaba la almohada y me despertaba siete u ocho horas después, llena de energía, vitalidad y ganas de comerme el mundo.

Después llegó la pandemia y dejé de dormir bien.

Al principio pensé que sería algo pasajero. Después me dijeron que podía ser la menopausia. Pero la explicación nunca terminó de encajarme.

El insomnio fue empeorando hasta que hubo épocas en las que dormía apenas dos horas.

Comencé a estar inquieta desde primera hora de la mañana. Caminaba por la cocina sin saber muy bien por qué. Necesitaba moverme constantemente. Empecé a perderme reuniones y dejé de tener ganas de ver a amigas que vivían a más de veinte minutos de mi casa.

Mi vida se fue haciendo cada vez más pequeña.

También comenzaron a aparecer infecciones graves, algunas con sepsis. No puedo demostrar que todo tuviera una única causa, pero mi salud se estaba deteriorando claramente.

Y yo, en lugar de preguntarme qué estaba ocurriendo, me exigía más.

No sabía si era débil.

O si la edad me estaba cambiando.

O si tenía un defecto de fábrica.

Mi cuerpo no estaba fallando: estaba intentando decirme algo

Unos años antes había comenzado a aprender qué significa escuchar el cuerpo y autorregularse.

Aprendí que, cuando estaba nerviosa, comenzaba a caminar por la cocina. Que, cuando sentía rabia, podía ponerme a lavar los platos. Que algunas emociones no se resuelven pensando más, sino caminando, cantando, llorando, descansando o parando.

Pero una cosa es conocer la teoría y otra muy distinta escuchar lo que tu propio cuerpo lleva años diciéndote.

Yo seguía intentando corregirme.

Escribía, meditaba, hacía yoga, iba al gimnasio, acudía a terapia y consultaba a médicos. Pensaba que necesitaba hacerme más fuerte para soportar mejor lo que estaba ocurriendo.

Durante una etapa de mi vida profesional, el entorno de trabajo comenzó a afectarme profundamente. Intenté comprenderlo, hablarlo y resolverlo durante meses.

No fue posible.

Una psicóloga me dijo que parte de lo que me ocurría podía estar relacionado con el trabajo. Al principio no le creí. Había invertido veinte años de mi vida en la sanidad pública y estaba convencida de que me jubilaría allí.

Hasta que un día mi médica de cabecera, que llevaba meses viéndome distinta, me dijo algo parecido a esto:

—Como tú todavía no puedes verlo y yo sí, voy a darte la baja hasta que puedas pensar.

Estuve aproximadamente un mes en casa.

Y una mañana me desperté y pensé:

¿Qué hago yo acumulando problemas fuera de mi casa cuando dentro de ella hay personas que me necesitan?

Ese mismo día envié un correo y renuncié.

Lo que ocurrió después

No todo cambió de forma milagrosa, pero la dirección cambió desde el principio.

Empecé a dormir mejor.

Al cabo de un mes me sentía más alegre.

A los tres meses, la vida dejó de parecerme una cuesta arriba constante.

Comencé a disfrutar de despertarme con mis hijos, prepararles el desayuno y llevarlos caminando al colegio. Dejé de salir de casa a las seis de la mañana para evitar el atasco.

Cada día estaba más orgullosa de mi maternidad.

Mis hijos también mejoraron. Uno de ellos incluso recibió un premio por un cuento que escribió en el colegio.

Recuperé la lectura. Volví a tener tiempo para pensar, para escribir y para hacer cosas que deseaba hacer desde hacía años.

Durante febrero y buena parte de marzo decidí descansar de verdad. No aprovechar el tiempo, no producir más, no empezar otra formación. Descansar.

Y me vino bien. Me vino mejor de lo que esperaba.

A los ocho meses me sentía claramente más contenta. Dejé de pensar que tenía un defecto de fábrica y comprendí que había vivido durante años con un estrés crónico de caballo.

A los doce meses volví a dormir como no dormía desde hacía cuatro o cinco años.

Volví a dormir como un oso.

No dejé la medicina

No renuncié porque hubiera dejado de creer en la medicina.

Tampoco dejé de creer en la sanidad pública. Sé lo que aporta, conozco a profesionales extraordinarios y he visto cómo salva, cuida y acompaña cada día a miles de personas.

Pero comprendí que la forma en la que yo necesitaba ejercer la medicina ya no era compatible con la vida que tenía, con mi salud y con las necesidades de mi familia.

Ahora, cuando una familia contacta conmigo, suelo mantener primero una conversación de unos cuarenta minutos. Los hijos me cuentan sus miedos, sus dudas y también sus corazonadas.

Después me envían informes. A veces uno. A veces veinte.

Los estudio antes de ver a la persona.

Y cuando llega la primera consulta, normalmente ya tengo una idea de los problemas que debemos explorar, aunque siempre dejo espacio para descubrir que la realidad era distinta.

La primera valoración dura más de una hora porque creo que, en medicina, aproximadamente el 80 % del trabajo empieza por escuchar.

Escuchar qué ha cambiado.

Qué ha dejado de hacer esa persona.

Cómo camina dentro de su casa.

Qué teme su hija.

Qué observa el cuidador.

Qué dicen los informes y, sobre todo, qué no dicen.

Después puedo pensar, diseñar un plan, explicarlo, revisarlo pronto y cambiarlo si no está funcionando.

No me fui para trabajar menos.

Me fui para poder ejercer la medicina de una manera compatible con lo que sé, con lo que creo y con la vida que quiero tener.

Un año después

Muchos me llamasteis y me escribisteis cuando anuncié que dejaba la sanidad pública.

Durante este año me habéis preguntado muchas veces por qué me fui.

Esta es una parte de la respuesta.

La otra parte tiene que ver con algo que he tardado muchos años en aprender: el cuerpo no siempre se estropea, a veces intenta protegernos. Y cuando no escuchamos sus primeras señales, termina gritando.

Quiero empezar a hablar más sobre esto.

Sobre cómo reconocer lo que sentimos.

Cómo se manifiestan las emociones en el cuerpo.

Qué significa autorregularse.

Y cómo distinguir entre una emoción que necesitamos atravesar y una situación que necesitamos cambiar.

Muchas de estas cosas solo las contaba hasta ahora en consulta. Pero he visto cómo transforman no solo la vida de mis pacientes, sino también la de sus hijos y sus familias.

Creo que ha llegado el momento de compartirlas.

Si quieres recibir las siguientes reflexiones, puedes registrarte en mi newsletter. Voy a contarte, poco a poco, cómo aprender a escuchar lo que tu cuerpo lleva tiempo intentando decirte. Para cumplir años mejor.

Datos de contacto aquí

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Adiós a la Geriatría

Llevo seis años hablando de geriatría en redes sociales.

Y durante estos años he comprobado algo: la mayoría de las personas que me siguen son jóvenes.

Quieren saber qué pueden hacer hoy para llegar mejor a la vejez, cómo cuidar mejor de sus padres y cómo ofrecer a sus hijos más oportunidades para desarrollarse bien.

Muchas veces me han pedido que explique cómo podemos empezar a preparar una buena vejez desde jóvenes.

Y yo siempre me he negado.

No porque no tuviera conocimientos para hacerlo. Soy especialista en Geriatría, pero también en Medicina Preventiva y Salud Pública.

Me negaba porque me parecía un reto inmenso y no tenía tiempo para desarrollarlo como quería.

Cuando comencé a hablar de geriatría en redes tenía un hijo de dos años y otro de cinco. Estaba haciendo un máster, terminando el doctorado y habitualmente compaginaba dos trabajos.

Iba a mil por hora.

Tenía que escoger muy bien en qué empleaba cada una de las pocas horas que me quedaban al día.

Por eso, cuando me pedían que abriera esta conversación, siempre decía lo mismo:

«Lo siento mucho. Ahora no puedo ni pensarlo».

Pero mi vida ha cambiado.

Hace un año dejé la medicina pública, después de veinte años. Mis hijos han crecido. Presenté mi tesis doctoral hace año y medio y, por primera vez en mucho tiempo, he podido tener más tiempo para estar conmigo.

He podido detenerme y pensar cómo quiero hablarte, cómo quiero que me recuerdes dentro de unos años y cómo quiero contribuir a mejorar el mundo desde mi batalla personal: combatir la medicina de la resignación.

Seguiré hablando de las personas mayores. Las adoro y no imagino un trabajo más bonito.

Seguiré contando mis «casitos de geriatría con final feliz». Seguiré trabajando con mis chicas mayores en el programa grupal. Y seguiré denunciando que se sede a personas mayores sin haber comprendido primero qué les sucede, porque continúa ocurriendo.

No abandono a las personas mayores ni la batalla que he defendido durante estos años.

Pero ahora voy a empezar la historia mucho antes.

Porque nadie se despierta un día con 70 u 80 años.

Antes fue un niño o una niña. Después fue joven. Y luego vivió durante décadas como persona adulta.

Voy a unir públicamente mis dos especialidades para hablar de lo que podemos hacer durante toda la vida pensando a diez o veinte años vista.

Hablaré de infancia, edad adulta y vejez.

De atención, memoria, fuerza, autonomía, desarrollo, hábitos, prevención y salud pública.

De lo que necesitamos para nosotros, para nuestros padres y para nuestros hijos.

Porque la salud de una persona mayor contiene parte de todo lo que vivió, desarrolló, perdió y conservó a lo largo de los años.

Llevo mucho tiempo pensando cómo contar todo esto sin dispersarme. Hasta ahora no había encontrado la manera.

Ahora sí.

Han sido seis años.

Seis años hablando de geriatría, defendiendo a las personas mayores y tratando de demostrar que la edad no explica todo lo que les sucede.

Hoy me despido de aquella primera etapa.

Y sí, me da miedo.

Intentar convertir treinta años de formación universitaria y todo lo que tengo en la cabeza en vídeos de dos minutos me parece una locura.

Pero, sobre todo, estoy muy ilusionada.

Porque no dejo atrás todo lo que he construido durante estos seis años. Lo llevo conmigo para empezar a contar la historia completa.

Confío en que estarás al otro lado de la pantalla acompañándome.

Adiós a la geriatría que empieza en la vejez.

Porque cuando una persona llega a mayor, no comienza una historia nueva. Llega con toda su vida.

Empezamos. ¿Qué tema es lo que más te preocupa?

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Síndrome del ocaso: sus hijas pensaban que la estaban perdiendo

agitación por la tarde

La historia real de una mujer de 97 años que volvió a dormir, hablar, moverse y participar en la vida de su familia.

Cuando conocí a Teresa tenía 97 años y sus hijas sentían que la estaban perdiendo.

No había sucedido una única catástrofe. Era algo más lento y, posiblemente, más doloroso: veían cómo su madre se iba apagando delante de ellas.

Teresa había sido propietaria de un bar hasta los 60 años. Siempre había dormido bien y siempre había sido una mujer alegre.

Pero desde una hospitalización en diciembre, las noches habían cambiado. Se despertaba angustiada, nerviosa y con la sensación de que se ahogaba. Durante el día permanecía adormilada.

Caminaba únicamente del sillón al baño, unas cinco veces al día. Hacía años que no salía a la calle caminando. Tenía un dolor importante en el hombro y el brazo derechos por una rotura del manguito de los rotadores y del tendón del bíceps. Comía poco. Dependía de otras personas para prácticamente todo.

Además, había recibido risperidona y quetiapina, pero su sueño, su angustia y su conducta no habían mejorado.

Cuando la exploré, encontré «agua en el pulmón» y edemas que llegaban hasta los muslos y también afectaban a los brazos. No había un único problema llamado demencia. Había insuficiencia cardiaca, dolor mal controlado, inmovilidad, somnolencia, hipotensión, desnutrición y un tratamiento que necesitaba ser revisado.

Sus hijas no necesitaban que alguien les dijera que su madre tenía 97 años.

Necesitaban saber qué estaba ocurriendo y qué parte todavía tenía margen de mejoría.

agitación por la tarde

La primera mejoría no fue espectacular

Empezamos a trabajar en marzo de 2026.

No hubo una pastilla milagrosa ni una única recomendación. Tratamos el dolor, ajustamos la medicación, revisamos el exceso de control de la tensión, abordamos la retención de líquidos, reforzamos la alimentación y comenzamos a moverla más.

También fuimos reduciendo la quetiapina bajo supervisión médica.

Dos semanas después, una de sus hijas empezó a notar algo.

En la ducha, Teresa estaba más segura. Su pisada parecía más estable. Dormía mejor, pasaba menos tiempo adormilada durante el día y había empezado a salir casi a diario, aunque fuera en silla de ruedas.

Incluso había ido a una procesión de Viernes Santo.

Y hacía sentadillas.

Puede parecer pequeño. Para una hija que lleva meses viendo apagarse a su madre, no lo es.

Es el primer momento en el que piensa: «Quizá todavía no la hemos perdido».

La recuperación no fue una línea recta

En mayo seguía teniendo mucho dolor en el brazo, el hombro y el codo. Un traumatólogo les había dicho que aquello «no tenía solución para su edad».

La analítica mostró una albúmina de 2,81 g/dl, compatible con una desnutrición proteica importante. La tensión arterial seguía excesivamente baja y la frecuencia cardiaca descendía algunos días hasta 54 latidos por minuto.

Había avances: comía mejor, se levantaba más temprano, descansaba más y salía de casa cuatro o cinco veces por semana. Pero sus hijas todavía no veían una transformación clara.

Y siguieron.

Esta parte también importa. Las familias reales no viven una sucesión perfecta de mejorías. Hay días buenos, días malos y semanas en las que parece que todo el esfuerzo no está cambiando nada.


Está más tranquila, pero disfruta menos


En junio apareció una nueva preocupación.

Teresa estaba más inquieta por las tardes. La familia decía que se ponía «más rebelde» y que se entristecía cuando le llevaban la contraria.

Había una frase especialmente importante:

«Está más tranquila, pero ahora disfruta menos».

Eso no era suficiente.

El objetivo nunca puede ser conseguir que una persona moleste menos a cambio de verla más apagada.

Durante la consulta comprobamos que Teresa entendía indicaciones sencillas. Tenía menos palabras que antes, pero todavía podía participar. Le di unas camisas y fue capaz de abotonarlas.

Ahí encontramos algo que aún estaba vivo.

Les pedí que no la dejaran simplemente sentada mientras los demás hacían la vida de la casa. Que caminara todo lo posible y que participara en actividades reales: doblar ropa, emparejar calcetines, abotonar camisas, ayudar con la comida.

No para entretenerla.

Para que volviera a sentirse parte de su familia.

La llamada desde la Sierra de Gredos


El 14 de julio volví a verla, pero esta vez por videoconferencia. Estaba pasando unos días con su familia en la Sierra de Gredos.

La mujer que apareció en la pantalla no era la misma que yo había conocido en marzo.

Estaba más contenta, más comunicativa y encontraba mejor las palabras. Intervenía espontáneamente y no dejaba de hablar.

En un momento de la conversación dijo:

«Yo siempre he sido una persona alegre».

Dormía muy bien. Comía con apetito. Participaba en la casa haciendo costura, jugando y ayudando a preparar alimentos, como cortar o secar patatas.

Y por las tardes ya no aparecían el estrés ni la agitación.

Sus hijas estaban tranquilas, pero no porque su madre estuviera dormida, sedada o ausente.

Estaban tranquilas porque volvían a reconocerla.

Su madre seguía allí.

Teresa continúa teniendo 97 años. Continúa viviendo con una demencia severa y necesita ayuda para las actividades de la vida diaria. No hemos borrado sus enfermedades ni la hemos convertido en una mujer de 70 años.

Pero duerme, come, habla, se mueve, participa y vuelve a disfrutar.

Eso también es mejorar.


¿Era realmente síndrome del ocaso?

El síndrome del ocaso describe la aparición o el empeoramiento de confusión, ansiedad, inquietud, irritabilidad, deambulación o agitación al final de la tarde y durante la noche.

Pero decir «síndrome del ocaso» únicamente nos dice cuándo ocurre. No nos explica por qué.

En algunas personas influyen las alteraciones del ritmo sueño-vigilia propias de la demencia. En otras intervienen el cansancio, la falta de luz, el dolor, el hambre, la sed, una infección, el estreñimiento, determinados medicamentos, un ambiente ruidoso o una necesidad que la persona ya no sabe expresar. [Mayo Clinic]

Y, a veces, la inquietud de la tarde también guarda relación con todo lo que no ha ocurrido durante el día: movimiento, luz natural, conversación, decisiones y actividades con sentido.

Por eso, no toda persona con demencia que se altera por la tarde necesita automáticamente más medicación.

Antes de tratar la conducta, hay que reconstruir la historia


Cuando una madre o un padre cambia de comportamiento, yo no empiezo preguntando únicamente qué medicamento podemos añadir.

Primero necesito saber:

  • ¿El cambio ha sido repentino o progresivo?
  • ¿Tiene dolor aunque no sepa explicarlo?
  • ¿Duerme por la noche o pasa el día adormilado?
  • ¿Ha comenzado algún medicamento o ha cambiado alguna dosis?
  • ¿Tiene la tensión demasiado baja?
  • ¿Está estreñido, deshidratado o puede existir una infección?
  • ¿Oye y ve suficientemente bien?
  • ¿Cuánto camina realmente?
  • ¿Come suficiente proteína y energía?
  • ¿Qué hace desde que se levanta hasta que comienza la inquietud?
  • ¿Sigue tomando alguna decisión o participando en la vida familiar?



Las recomendaciones clínicas indican que, antes de iniciar un tratamiento farmacológico o no farmacológico para el malestar en una persona con demencia, deben investigarse las posibles causas clínicas y ambientales. También recomiendan intervenciones psicosociales y actividades personalizadas que favorezcan el interés, el placer y la participación. [Guía NICE sobre demencia]

Los antipsicóticos no son el enemigo, pero tampoco pueden ser la respuesta automática

Hay situaciones en las que un antipsicótico puede estar indicado: cuando existe riesgo de que la persona se haga daño o dañe a otros, o cuando presenta agitación, alucinaciones o delirios que le causan un sufrimiento grave.

Pero utilizarlo únicamente para conseguir que una persona esté callada o resulte más fácil de manejar no debería ser el objetivo.

Cuando se prescribe, debe utilizarse la menor dosis eficaz, durante el menor tiempo posible, y revisar periódicamente si continúa siendo necesario. [Guía NICE sobre demencia]

La quetiapina puede producir somnolencia y sedación, y su ficha técnica incluye advertencias específicas para su utilización en personas mayores con psicosis relacionada con demencia. [Ficha técnica de quetiapina]

Esto no significa que una familia deba retirar un medicamento por su cuenta. Cualquier ajuste debe realizarse bajo supervisión médica y teniendo en cuenta la situación completa de la persona.

Qué pueden hacer los hijos cuando la inquietud aparece por la tarde


No compre actividades al azar ni convierta la casa en una consulta. Empiece observando.

Durante varios días, anote:

  • A qué hora comienza el cambio.
  • Qué ha hecho la persona durante esa mañana y esa tarde.
  • Cuánto ha dormido, comido, bebido y caminado.
  • Si parece tener dolor, dificultad respiratoria o estreñimiento.
  • Qué medicamentos ha tomado y a qué hora.
  • Qué estaba ocurriendo alrededor: ruido, visitas, oscuridad, cambio de cuidador o discusiones.
  • Qué actividades la tranquilizan sin apagarla.

Esa información puede ser mucho más útil que decir simplemente: «Por la tarde se pone imposible».

Si el cambio aparece bruscamente en horas o pocos días, o se acompaña de fiebre, dificultad respiratoria, somnolencia nueva, caída, dolor intenso, incapacidad para comer o beber o una alteración marcada respecto a su situación habitual, necesita una valoración médica sin demora.

Cuidar no siempre significa hacer más por ellos

Las hijas de Teresa no consiguieron este cambio doblando dos camisas un día.

Sostuvieron durante meses un plan que incluyó tratar el dolor, ajustar la medicación, controlar la insuficiencia cardiaca y la tensión arterial, mejorar la alimentación, aumentar el movimiento, sacarla de casa y devolverle actividades con sentido.

No hicieron más cosas por su madre.

Empezaron a hacer más cosas con ella.

Y esa diferencia importa.

Si reconoce esta historia en su madre o en su padre, no se conforme con que le digan que «es la edad» o que «es normal en la demencia». Tampoco modifique tratamientos por su cuenta.

Necesita saber qué está provocando el cambio, qué problemas pueden tratarse y qué capacidades todavía tienen vida que ganar.

En Geriatría Contigo® realizamos una valoración geriátrica integral para ordenar cuerpo, cerebro, medicación, nutrición, fuerza, sueño, entorno y vida cotidiana, y convertir la preocupación de la familia en un plan.

Comparta este artículo con esa familia que cree que lo necesita.

Y es que, claramente, tengo el trabajo más bonito del mundo.

Y eso me hace muy feliz.

**Aviso médico:** Este contenido es informativo y no sustituye una valoración clínica individual. No modifique ni suspenda tratamientos sin supervisión médica. 

Historia compartida con autorización. El nombre y algunos detalles identificativos han sido modificados para preservar su intimidad.

¿qué te ha parecido esta historia? Cuéntamelo en comentarios

Dra. Paola Ríos German

Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica. Especialista en Geriatría.

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Mi padre no puede dormir

Consulta de Geriatría online con la Doctora Paola Ríos Germán, médico geriátra

Me llamaron desde Cadiz porque el padre no dormía.

Y mirad todo lo que encontramos.

Comparto esta historia con permiso.

Hace tres semanas vi a un hombre cansado, confuso por momentos, con problemas importantes de sueño y una familia muy preocupada.

Se despertaba de madrugada. La tensión subía mucho. Había alucinaciones. Había cansancio. Y, como ocurre muchas veces en geriatría, no había una sola pieza que explicara todo.

Hoy veo otra cosa.

  • Veo a una persona más presente.
  • Más atenta.
  • Escuchando.
  • Participando.
  • Trabajando junto a su familia para recuperar calidad de vida.

Factores detrás del insomnio

Detrás del insomnio había varios factores que podían estar afectando no solo al sueño, sino también al funcionamiento del cerebro y a la vida de toda la familia: pérdida auditiva, déficit de vitamina B12, hipotiroidismo, alteraciones de la tensión arterial y otros problemas médicos.

Una de esas piezas era la audición.

En este caso, la pérdida de audición puede hacer que tengamos algún tipo de deterioro cognitivo. El deterioro cognitivo puede presentarse de muchas manera, como desorientación o agitación o insomnio

Y esto importa: en un estudio publicado en JAMA Neurology, cada 10 dB de pérdida auditiva se asociaron con un 27% más de riesgo de demencia.

  • La medicina moderna es extraordinaria.
  • Pero a veces cada especialista ve una pieza distinta del puzzle.

Y una persona puede seguir deteriorándose aunque esté siendo atendida por muchos profesionales, si nadie une todas las piezas. Y a eso es lo que llamo como «la medicina fragmentada».

En Geriatría Contigo intentamos ver el dibujo completo.

  • No para tratar solo una analítica.
  • No para tratar solo una cifra de tensión.
  • No para tratar solo el insomnio.
  • Sino para mejorar la calidad de vida de una persona y de su familia.

Bravo por Antonio.

Porque hoy escucha mejor.

Porque participa más.

Porque le veo más atento.

Y porque en esta foto le veo más vivo, más presente y más conectado con su familia.

Y bravo también por una familia que no se rindió cuando las cosas se pusieron difíciles.

¿Quiere que le cuente otros factores tratables que pueden empeorar la memoria, el sueño y la calidad de vida de una persona mayor? Coméntamelo en los comentarios 

Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Médico
Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica
Especialista en Geriatria
Doctora Cum Laude UAM
Investigadora del RNFC e Idipaz

Más de 20 años de experiencia

Referencia:
Lin FR et al. Hearing Loss and Incident Dementia. JAMA Neurology. 2011.

¿ya te has registrado al curso que daré el domingo 28 de junio a las 9 pm?



Te puedes inscribir aquí, porque no tenemos que nacer sabiendo qué es deterioro cognitivo y mental, ni cómo abordarlo, pero podemos tener algunas pistas que debemos valorar. Este curso es único, no hay nada parecido en otros lugares. Normalmente se habla de Medicina Preventiva o se habla de Geriatría, y entre media, normalmente entre medias, las familias no tenemos información, lo sé, porque lo he pasado.