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¿Qué aparatos conviene tener en casa para conocer mejor tu salud?

Una persona puede empezar a estar más despistada, más cansada o más inestable y que, durante meses, todo termine atribuyéndose a la edad. Algunas veces, cuando finalmente revisamos qué está ocurriendo, encontramos algo mucho más concreto —y quizá tratable— que llevaba tiempo dejando pistas en casa.

El problema no siempre es que la familia no esté pendiente. Muchas veces, nadie había pensado en medir.

Por eso recomiendo siete aparatos y herramientas para controlar la salud en casa. Pueden ser útiles a cualquier edad, pero cobran especial importancia cuando hay una persona mayor, enfermedades crónicas o varios tratamientos. No sirven para hacer un diagnóstico ni para perseguir cifras perfectas. Sirven para conocer lo habitual, descubrir cambios y llegar a la consulta con información que permita hacer mejores preguntas.

Y he dejado para el final la que, en mi experiencia, convierte todos esos números sueltos en información verdaderamente útil.

7. Una báscula: ¿por qué importa conocer el peso habitual?

Una pérdida involuntaria de peso puede indicar que la persona está comiendo menos, perdiendo masa muscular, tolerando mal algún tratamiento o desarrollando una enfermedad, incluido un proceso maligno. Perder peso sin haber cambiado la alimentación ni la actividad merece una valoración médica.

Lo veo con frecuencia: una persona deja de participar, está más cansada o ya no quiere acudir a sus actividades y todo se interpreta como tristeza, apatía o falta de voluntad. Sin embargo, cuando preguntamos cuánto pesaba hace seis meses, nadie lo sabe. Algunas veces el problema no era convencerla para que hiciera más cosas, sino averiguar por qué estaba perdiendo peso.

Si quieres profundizar en las posibles causas y en qué debemos revisar, puedes leer también mi entrada sobre la pérdida de peso en la persona mayor.

También importa el movimiento contrario. Un aumento rápido de peso, especialmente si se acompaña de hinchazón en las piernas o dificultad para respirar, puede aparecer en determinados problemas cardiacos. El aumento de peso también puede estar relacionado con alteraciones de la tiroides, entre otras causas.

No hace falta pesarse todos los días. Hace falta conocer el peso habitual para reconocer cuándo algo ha cambiado y poder dar esa información cuando un profesional nos la pregunte.

6. Un glucómetro: ¿una glucosa de 99 está bien si eres joven? ¿Y si eres mayor?

El glucómetro no es necesario en todas las casas. Resulta especialmente útil cuando existe diabetes y se utilizan medicamentos capaces de producir hipoglucemias.

En las personas mayores, los objetivos de glucosa no siempre deben ser los mismos que en una persona joven. Una cifra que sobre el papel parece perfecta puede ser demasiado ajustada o baja para alguien con fragilidad, deterioro cognitivo, comidas irregulares o un tratamiento cuyo efecto continúa durante la noche.

Además, existe otro problema que estoy viendo con demasiada frecuencia. Algunos medicamentos que inicialmente se desarrollaron para tratar la diabetes o la insuficiencia cardiaca se están prescribiendo a personas mayores que no tienen diabetes ni insuficiencia cardiaca, simplemente como un tratamiento preventivo para proteger el riñón.

Soy especialista en Medicina Preventiva y esto me preocupa. Prevenir no consiste en añadir un medicamento «por si acaso», sino en comprobar que el beneficio esperado para esa persona supera claramente sus posibles riesgos.

Los problemas que observo en algunas personas mayores que toman estos medicamentos son debilidad, falta de apetito, pérdida de peso, deshidratación o una tensión demasiado baja. En una persona joven quizá sean efectos asumibles o fáciles de compensar; en una persona mayor pueden acarrear un deterioro físico importante.

Si después de comenzar uno de estos tratamientos la persona come menos, pierde peso, está más débil o presenta cifras de tensión más bajas, el tratamiento debe revisarse. Proteger preventivamente un órgano no debería significar perjudicar al conjunto de la persona.

Las recomendaciones actuales insisten en individualizar los objetivos y reducir el riesgo de hipoglucemia en personas mayores con problemas cognitivos o funcionales. Puedes consultarlo en los Estándares de atención de la American Diabetes Association para personas mayores.

También puedes ampliar esta información en mi entrada Diabetes en la persona mayor: ¿estamos tomando las decisiones correctas?.

5. Un tensiómetro: ¿una tensión baja siempre es una buena noticia?

Durante años hemos repetido que la tensión alta es peligrosa. Es cierto: cuando se mantiene elevada aumenta el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares. Pero de ahí no se deduce que cuanto más baja esté, mejor.

En consulta veo a personas mayores que reciben varios antihipertensivos y mantienen tensiones muy justas. Una cifra considerada «buena» puede parecer magnífica si se mira de forma aislada, pero merece otra lectura cuando la persona está más despistada, comienza a tropezarse, se marea al levantarse o ha sufrido alguna caída. Así que te recomiendo que, por lo menos, lo anotes y lo comentes con un profesional con experiencia.

De todas las mediciones que realizan las familias en casa, una de las que más utilizo es la de primera hora de la mañana, antes del desayuno y antes de tomar los antihipertensivos.

Los objetivos deben adaptarse a la edad, la fragilidad, las enfermedades y la tolerancia al tratamiento. La propia Sociedad Europea de Cardiología señala que el tratamiento de las personas muy mayores o frágiles requiere una valoración específica. Puedes leerlo en su revisión sobre hipertensión en personas mayores.

También puedes ampliar esta información en mi entrada Tensión arterial en el adulto mayor.

Por eso conviene anotar la cifra exacta, la hora, si la medición se realizó antes o después de tomar la medicación y si apareció algún síntoma. Solo así podremos comparar los datos y comprender su evolución.

4. Un pulsioxímetro: ¿saturar bien significa que el corazón y los pulmones están bien?

El pulsioxímetro o saturímetro estima la saturación de oxígeno y también muestra el pulso. Puede ser útil cuando existe una enfermedad respiratoria o cardiaca, dificultad para respirar o algún cambio respecto a la situación habitual.

Pero tiene tres límites importantes.

  • El primero es que una saturación normal no demuestra que el corazón y los pulmones estén sanos.
  • Además, la cifra adecuada no es igual para todas las personas. En determinadas enfermedades respiratorias, el médico puede establecer otro objetivo. Esto no significa que sea mejor tener menos oxígeno, sino que no debemos perseguir una cifra genérica ni modificar el oxígeno sin conocer la situación clínica.
  • El tercer límite es que el aparato puede equivocarse. La circulación y la temperatura de las manos, el esmalte de uñas o la pigmentación pueden afectar a la lectura. La FDA recuerda estas limitaciones, por lo que debemos mirar el número y también cómo se encuentra la persona.

No olvides observar el pulso. Una frecuencia cardiaca muy rápida o diferente de la habitual merece atención, especialmente si se acompaña de dificultad para respirar, dolor torácico, desmayo, debilidad o confusión.

Una frecuencia inferior a 60 se denomina bradicardia, pero no siempre indica una enfermedad: puede ser normal durante el sueño o en algunas personas muy entrenadas. Sin embargo, muchas veces necesita una valoración médica rápida. La American Heart Association explica las posibles causas de la bradicardia.

También debemos revisar la medicación. Algunas personas mantienen durante años varios tratamientos capaces de reducir el pulso, aunque su estado de salud haya cambiado. Si la persona está estable, conviene revisarlos al menos una vez al año —aunque los haya indicado un cardiólogo tiempo atrás— y antes si aparecen caídas, mareos, debilidad o un ingreso hospitalario.

¡No retires la medicación por tu cuenta! Hay medicación necesaria para mejorar la contractilidad del corazón. Prepara una lista completa y revísala con un profesional experto. Puedes utilizar mi guía sobre cómo organizar la medicación y preparar una tabla de medicamentos.

3. Un termómetro: ¿puede existir una infección sin fiebre?

Sí. Y este matiz es especialmente importante en las personas mayores.

El termómetro ayuda a detectar fiebre, pero no puede utilizarse para descartar una infección. La temperatura habitual puede ser algo más baja y la respuesta del organismo puede estar atenuada. El National Institute on Aging recuerda que, en una persona mayor, incluso una elevación respecto a su temperatura basal puede ser significativa.

Algunas veces el primer cambio no es una fiebre elevada. La persona está más dormida, come menos, camina peor, se muestra confusa o necesita una ayuda que hasta ese momento no necesitaba.

2. Un podómetro, un reloj o un móvil: ¿cuántos pasos hay que dar al día?

Esta es una de las preguntas que más recibo y una de las que peor admite una respuesta universal.

No puede tener el mismo objetivo una persona que camina mil pasos al día que otra que ya camina tres mil, cinco mil o diez mil. Antes de aumentar la actividad necesitamos conocer su punto de partida, cómo camina, cuánto se fatiga, si siente dolor, si ha sufrido caídas y qué enfermedades presenta.

El número de pasos no sustituye al trabajo de fuerza, equilibrio o movilidad. Sin embargo, ofrece algo muy valioso: una referencia de lo que esa persona hace realmente durante un día normal.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas inactivas comiencen con pequeñas cantidades y progresen gradualmente. Puedes consultar sus recomendaciones sobre actividad física y envejecimiento saludable.

El objetivo no es obedecer a un reloj. Es saber si la persona mantiene, pierde o recupera actividad.

No te preocupes, de todo esto hablaré más adelante.

1. Una libreta de salud: el dato que da sentido a todos los demás

Puedes tener una báscula, un glucómetro, un tensiómetro, un pulsioxímetro, un termómetro y un móvil que cuente los pasos. Si cada cifra queda perdida en un aparato distinto, será difícil reconstruir qué estaba ocurriendo cuando aparecieron los cambios.

Por eso recomiendo una libreta dedicada a la salud o una tabla que esté accesible para la persona y su familia.

En ella puedes registrar:

  • La fecha y la hora.
  • El peso.
  • La tensión arterial.
  • El pulso o frecuencia cardiaca.
  • La saturación de oxígeno.
  • La temperatura.
  • La glucosa, cuando corresponda.
  • Los pasos habituales.
  • Cambios relevantes: una caída, estreñimiento, menor apetito, más sueño, confusión, dolor o una modificación de la medicación.

Si la persona está bien, recomiendo rellenarla al menos una vez al mes. Si está perdiendo el equilibrio, más despistada, más dormida o presenta algún otro cambio, yo registraría los datos al menos una vez a la semana.

Y si piensas trabajar conmigo, es probable que inicialmente te pida anotar algunos parámetros todos los días durante dos o cuatro semanas. No por acumular números, sino para observar la evolución, relacionarla con los horarios y valorar si la medicación o el plan de tratamiento necesitan algún ajuste.

Los aparatos aportan datos, pero no sustituyen a un médico

Una cifra aislada rara vez explica por sí sola qué está ocurriendo. El mismo valor puede tener significados diferentes según la edad, la fragilidad, los síntomas, la alimentación, la medicación y la situación previa de la persona.

Inteligencia Artificial, ChatGPT y Salud

Esta es información médica y debe compartirse con el médico habitual o con un médico de confianza. No recomiendo entregar la tabla a ChatGPT, Claude u otra inteligencia artificial para que decida si una persona está bien o necesita cambiar su tratamiento.

Son aplicaciones diseñadas para mantener la interacción. Pueden construir una respuesta muy convincente a partir de una premisa equivocada e incluso reforzar la interpretación del usuario. Este fenómeno tiene nombre y merece una explicación propia; hablaré de ello en otra entrada.

Tampoco cambies ni suspendas la medicación únicamente por una medición doméstica. Si aparecen cifras muy alejadas de lo habitual junto con desmayo, dificultad para respirar, dolor torácico, confusión intensa, debilidad súbita o un deterioro rápido, solicita atención médica urgente.

Datos, no suposiciones

Medir no consiste en convertir la casa en un hospital ni en vivir pendiente de cada número. Consiste en dejar de depender de impresiones vagas cuando algo está cambiando.

«Está más torpe», «parece más apagado» o «últimamente duerme demasiado» son observaciones importantes. Cuando además sabemos que ha perdido seis kilos, ha reducido sus pasos a la mitad, mantiene una tensión muy justa o presenta un pulso inusualmente bajo, la conversación médica cambia.

Esa es la utilidad de estas siete herramientas: conocer la situación habitual, detectar una modificación y poder mostrar su evolución. Después vendrá la parte más importante: interpretar esos datos dentro de la historia completa de la persona.

¿Cuál de estas herramientas tienes ya en casa? ¿Añadirías alguna más?

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública | Especialista en Geriatría | Máster en Salud Publica | Máster en Cuidados Paliativos | Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid

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Cómo organizar la medicación y preparar una tabla de medicamentos correctamente

Dra. Paola Ríos Germán mostrando una tabla para organizar la medicación correctamente.

Saber cómo organizar la medicación es importante para evitar errores con las dosis, los horarios o los medicamentos que ya deberían haberse retirado. Una lista escrita de memoria puede parecer suficiente, hasta que la comparamos con el informe médico más reciente y con las cajas que realmente hay en casa.

Un medicamento pudo cambiar durante un ingreso, en urgencias, en atención primaria o después de visitar a un especialista. Y no siempre todos los informes y todas las listas se actualizan al mismo tiempo.

Por eso, antes de preparar un pastillero, conviene hacer algo más importante: comprobar exactamente qué medicamentos estás tomando, en qué dosis, a qué hora y para qué sirve cada uno.

En este vídeo te explico cómo hacerlo paso a paso:

Por qué no debes preparar la lista de memoria

No se trata de que no conozcas tus pastillas. Se trata de que la medicación cambia y la información puede quedar repartida entre diferentes informes, recetas y cajas.

En un estudio realizado con 751 personas mayores con polifarmacia, el 72 % presentaba alguna discrepancia entre las listas de medicamentos aportadas por el propio paciente, atención primaria y la farmacia. Las diferencias podían afectar al nombre del medicamento, la dosis o la frecuencia de administración.

Otro estudio, realizado en servicios de urgencias, encontró al menos una discrepancia en el 56,8 % de los pacientes estudiados. Los errores más frecuentes fueron la omisión de un medicamento y la utilización de una dosis incorrecta.

Además, después de un alta hospitalaria el tratamiento puede seguir cambiando. En un estudio sobre medicamentos cardiometabólicos, el 39 % de los participantes presentaba algún error a los siete días y el 50 % a los 90 días.

Esta comprobación tiene un nombre: conciliación de la medicación. NICE la define como el proceso de identificar la lista más exacta posible de los medicamentos que toma una persona —nombre, dosis, frecuencia y vía de administración— y compararla con la información disponible cuando cambia de nivel asistencial.

La tabla que vamos a preparar no sustituye esa revisión profesional, pero ayuda a reunir la información y detectar diferencias que deberían consultarse.

Qué necesitas antes de empezar

Ten delante:

  • El informe médico más reciente o la hoja de medicación actualizada.
  • Las cajas de todos los medicamentos que tienes en casa.
  • Los informes recientes de urgencias, hospitalización o especialistas.
  • Los tratamientos que utilizas solamente algunos días, aunque no sean comprimidos.

No empieces hasta tenerlo todo delante.

Cómo preparar la tabla de medicamentos

1. Escribe el nombre completo y la dosis

En la primera columna anota:

  • El nombre comercial.
  • Los principios activos que contiene.
  • La dosis exacta en miligramos.

Esto es importante porque algunos nombres comerciales contienen más de un principio activo y pueden venderse en dosis diferentes.

Por ejemplo, Cardyl Plus contiene ezetimiba y atorvastatina. Si la persona toma Cardyl Plus 10/40 mg, en la tabla debería aparecer:

Cardyl Plus 10/40 mg: ezetimiba 10 mg y atorvastatina 40 mg.

Haz esta comprobación con cada medicamento, uno por uno.

Tabla de medicamentos, haz clic aquí

2. Añade los horarios

Después crea las columnas que necesites:

  • Antes del desayuno.
  • Desayuno.
  • Comida.
  • Merienda.
  • Cena.
  • Antes de dormir.

No todas las personas necesitan todas estas columnas. Adapta la tabla al tratamiento real.

En cada casilla escribe la cantidad que tomas: uno, medio o cero. Por ejemplo: uno en el desayuno, cero en la comida y medio en la cena.

3. Incluye los tratamientos que no tomas todos los días

Debajo de la tabla añade los medicamentos que utilizas:

  • Una vez a la semana.
  • Solamente determinados días.
  • Una vez al mes.
  • Cada tres o seis meses.

Incluye también inyecciones, parches, inhaladores, colirios, sobres, cremas, vitaminas y suplementos prescritos.

Una lista formada únicamente por comprimidos puede dejar fuera una parte importante del tratamiento.

4. Añade la columna más importante: «¿Para qué lo tomo?»

No basta con conocer el nombre, la dosis y el horario. También deberías saber por qué te indicaron cada medicamento y si continúa siendo necesario.

Hay medicamentos que se añaden durante una hospitalización para tratar un problema puntual y que estaban previstos solamente durante unos días. Sin embargo, pasa el tiempo y la persona continúa tomándolos durante meses o incluso años.

Si no sabes para qué sirve alguno, no lo suspendas. Escribe un signo de interrogación en esa casilla y pregúntalo en la próxima consulta.

Una buena revisión de la medicación consiste en responder tres preguntas:

  1. ¿Qué estoy tomando?
  2. ¿Por qué lo estoy tomando?
  3. ¿Todavía lo necesito?

Puedes leer también este ejemplo de prescripción inadecuada secundaria a un antidepresivo y estas cuatro cosas que quizá no sabías del omeprazol.

Compara la tabla con los informes y las cajas

Cuando termines, vuelve a comprobarlo todo.

Puede ocurrir que:

  • Un medicamento aparezca en un informe, pero no en otro.
  • La caja tenga una dosis diferente de la indicada en la hoja de medicación.
  • Un tratamiento figure por la mañana aunque se esté tomando por la noche.
  • Una medicación prescrita una vez al día se esté administrando varias veces.
  • Un medicamento retirado continúe apareciendo como activo.

Si encuentras alguna diferencia, señálala y consúltala.

Esta tabla sirve para comprobar el tratamiento. No sirve para modificarlo ni suspenderlo por tu cuenta.

Qué hacer con la tabla terminada

Imprime tres copias:

  • Coloca una en la nevera, para que pueda localizarse rápidamente por ti o por otra persona
  • Guarda las otras dos y ponlas en un plástico de folios: para llevarla a las consultas médicas o a urgencias

Actualiza las copias cada vez que se añada, retire o modifique algún medicamento y después de un alta hospitalaria.

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No envío consejos genéricos. Comparto información que pueda ayudarte a comprender mejor qué está ocurriendo y qué deberías revisar.

Si la tabla revela varias diferencias, duplicidades, medicamentos cuyo motivo desconoces o un empeoramiento que comenzó después de cambiar el tratamiento, puede ser conveniente solicitar una revisión estructurada de la medicación.

Como sabes tengo consultas presenciales y online, puedes contactar conmigo si lo necesitas

¿y tú, preparas así tu medicación?

Fuentes

Dra. Paola Ríos Germán, PhD | Geriatría Contigo®

Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica. Especialista en Geriatría. Máster en Cuidados Paliativos. Máster en Salud Publica. Doctora Cum Laude por la Universidad Autónoma de Madrid.

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Eclipse solar de 2026: cómo disfrutarlo con seguridad si es una persona mayor

Mañana, 12 de agosto, millones de personas mirarán al cielo para ver el eclipse. Y seguramente muchas familias querrán compartirlo con sus padres o con sus abuelos.

Pero hay una situación de la que casi nadie está hablando.

Imagine que su madre lleva puestas sus gafas para eclipses, pero en un momento determinado se las quita porque le molestan. O mira por encima para comprobar si «ya se ve». Quizá ha oído que durante unos instantes el eclipse puede observarse sin protección y decide que ese momento ya ha llegado.

Pueden ser solo unos segundos. Y no hace falta tener demencia para hacerlo.

Por eso, cuando hablamos del eclipse y de las personas mayores, no basta con repetir que hay que comprar gafas homologadas. La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Podemos garantizar que esa persona mantendrá las gafas bien colocadas y seguirá las indicaciones durante toda la observación?

Si no podemos garantizarlo, lo más seguro es que no mire directamente al Sol.

No hace falta tener deterioro cognitivo para cometer un error

Una persona puede comprender perfectamente la explicación y, aun así, quitarse las gafas por curiosidad, por incomodidad o porque ve que otra persona lo hace. También puede colocárselas mal, mirar por un lateral o retirarlas antes de tiempo.

En otras personas sí pueden existir problemas de memoria, atención o comprensión. Pueden recordar la indicación al principio y olvidarla unos minutos después. Puede haber deterioro cognitivo sin diagnosticar, dificultad para entender lo que está ocurriendo o una tendencia a imitar a quienes tienen alrededor.

La decisión, por tanto, no debería depender únicamente de que exista o no un diagnóstico de demencia. Debe depender de la conducta que podemos prever y de la supervisión real que podamos ofrecer.

Hay personas mayores que podrán observar el eclipse siguiendo las mismas recomendaciones que cualquier adulto. Y habrá otras para quienes será más prudente verlo en una pantalla o mediante un método de proyección indirecta seguro. La edad, por sí sola, no decide. La capacidad de seguir la indicación de manera constante, sí.

«Pero hay un momento en el que se puede mirar sin gafas»

Durante la totalidad, cuando el Sol está completamente oculto, existe un intervalo muy breve en el que puede retirarse la protección. El problema es que ese intervalo no comienza ni termina a la misma hora en todos los lugares. Además, en muchas localidades la totalidad no se verá o durará muy poco.

En una retransmisión, una voz puede anunciar que ha comenzado la totalidad. Pero una familia que está en la calle, pendiente del cielo, de las gafas y de varias personas a la vez puede no identificar con precisión ese segundo. Y todavía queda algo más difícil: volver a colocar la protección antes de que reaparezca la primera parte del Sol.

Por eso, mi recomendación para las familias es sencilla: si no saben con absoluta certeza cuándo comienza y termina la totalidad en el lugar exacto en el que se encuentran, no retiren las gafas en ningún momento.

No merece la pena convertir unos segundos de observación en una prueba de reflejos ni discutir sobre quién controla el reloj. Ante la duda, las gafas se mantienen puestas o el eclipse se sigue de manera indirecta.

El daño ocular puede ocurrir sin que la persona se dé cuenta

Mirar directamente al Sol puede lesionar la retina. El problema es que la retina no tiene receptores del dolor: la persona puede no notar dolor ni una quemadura en el momento y pensar que no ha sucedido nada.

Las alteraciones visuales pueden aparecer después. Entre ellas se encuentran la visión borrosa, una mancha oscura o distorsionada en el centro del campo visual, cambios en la percepción de los colores o dificultad para leer y reconocer detalles.

Si después de observar el eclipse aparece cualquiera de estos síntomas, debe solicitarse una valoración oftalmológica. No conviene esperar varios días para comprobar si desaparece por sí solo.

Tampoco protegen las gafas de sol habituales, aunque sean muy oscuras, ni las radiografías, los cristales ahumados, los filtros caseros o mirar a través de la cámara del móvil. Para la observación directa se necesitan gafas específicas para eclipses que cumplan la norma ISO 12312-2, que estén en buen estado y se utilicen exactamente como indica el fabricante.

Cómo decidir si su padre o su madre puede verlo directamente

Antes de salir, yo me haría estas preguntas:

  1. ¿Comprende qué va a ocurrir y por qué no puede mirar sin protección? No basta con que responda que sí: debe poder mantener esa indicación durante todo el tiempo.
  2. ¿Tolera bien las gafas? Si se las quita habitualmente, dice que le molestan o intenta mirar por encima, no es una opción segura.
  3. ¿Hay una persona dedicada a supervisarla? Acompañar no es estar cerca mientras todos miran al cielo. Supervisar significa comprobar de forma continua que las gafas siguen bien colocadas.
  4. ¿Existe alguna dificultad visual o física que complique su uso? Una persona con baja visión, temblor, limitación para sujetar las gafas o problemas para colocárselas puede necesitar ayuda específica.
  5. ¿La observación se hará con calma? Las aglomeraciones, las prisas y un entorno desconocido aumentan la posibilidad de errores.

Si alguna de estas respuestas genera dudas, elegir una retransmisión no significa dejar a la persona fuera. Puede compartir la experiencia, comentar lo que ocurre, observar cómo cambia la luz y vivir el momento con su familia sin exponerse a un riesgo evitable.

En las residencias, la recomendación debe ser todavía más prudente

En una residencia puede haber veinte, treinta o cincuenta personas reunidas. Algunas seguirán las instrucciones sin dificultad. Otras pueden olvidarlas. Y otras, sin ningún deterioro cognitivo, pueden quitarse las gafas para limpiarlas, ajustarlas o comprobar si «ya se puede mirar».

Un profesional no puede vigilar de forma continua la posición de las gafas de todas las personas al mismo tiempo. Repartirlas, explicar la norma una vez y confiar en que nadie se las quitará no es supervisión suficiente.

Por eso, en residencias recomiendo seguir el eclipse por televisión o mediante una proyección indirecta segura como opción general. Puede organizarse como una actividad especial, explicar qué está ocurriendo y permitir que las personas participen sin necesidad de mirar directamente al Sol.

La observación directa podría plantearse únicamente en grupos muy pequeños, después de valorar a cada residente y cuando exista supervisión individual real. Si una sola persona debe vigilar a varias a la vez, ya no podemos asegurar que detectará a tiempo quién se quita las gafas o mira por un lateral.

Esta recomendación no pretende infantilizar ni limitar a las personas mayores. Pretende adaptar la actividad al entorno real. La autonomía no consiste en exponer a alguien a un riesgo que no puede comprender o controlar; consiste en buscar una forma segura de que pueda participar.

Si van a salir, preparen también lo más sencillo

El eclipse se produce en agosto y muchas personas permanecerán un tiempo fuera de casa esperando. Conviene elegir un lugar accesible, con posibilidad de sentarse, agua y una zona de sombra. Una persona con problemas de movilidad, cardiopatía, enfermedad respiratoria o mala tolerancia al calor no debería estar de pie en una aglomeración durante un periodo prolongado solo para conseguir una mejor vista.

Esto es secundario frente a la protección ocular, pero también forma parte de una actividad bien organizada. No tiene sentido proteger la retina y olvidar el resto de la persona.

Mi recomendación final

Si su padre o su madre comprende las instrucciones, tolera las gafas específicas para eclipses y tendrá a alguien pendiente durante toda la observación, puede participar de forma directa con las medidas adecuadas.

Si puede olvidarlas, quitárselas, mirar por encima o no habrá una supervisión continua, elijan la televisión o una proyección indirecta segura.

Y en una residencia con muchas personas, esa debería ser la opción habitual.

El eclipse será extraordinario aunque se vea en una pantalla. Una lesión en la retina también puede ser extraordinaria, pero en el peor sentido, y puede no dar ninguna señal de aviso mientras está ocurriendo.

No basta con tener las gafas. Hay que poder garantizar que se usarán bien en todo momento.


Fuentes oficiales:

¿Tienes algunas duda? cuéntamelo en comentarios

Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Especialista en Geriatría y Medicina Preventiva
Geriatría Contigo®

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Estuve 20 años en la sanidad pública. Hace un año renuncié

Estuve veinte años en la sanidad pública y pensé que me jubilaría allí. Hace un año tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: dejar la sanidad pública. Hoy quiero contarte por qué lo hice y qué ha cambiado desde entonces.

He trabajado durante veinte años en la sanidad pública.

He pasado por grandes hospitales, como La Paz o el Ramón y Cajal, por el Hospital Universitario de Guadalajara y por hospitales más pequeños, como el Hospital del Sureste, en Arganda.

En todos ellos crecí como médica. Pero también crecí como persona.

Conocí distintas formas de trabajar, servicios enormes y equipos pequeños, hospitales con muchos recursos y otros donde había que hacer verdaderos malabares. Trabajé en Medicina Preventiva y Salud Pública, en Geriatría, en hospitalización, consultas, residencias, gestión e investigación.

Aprendí de médicos extraordinarios, de enfermeras, auxiliares, terapeutas, pacientes y familias. También aprendí de los días difíciles, de las guardias, de los errores, de las decisiones que no estaban en ningún manual y de todo lo que sucede dentro de un hospital cuando nadie está mirando.

Yo pensaba que me jubilaría en la sanidad pública.

No ocurrió.

Hace un año renuncié.

La médica que fui descubriendo que era

Por mi manera de pensar, probablemente la especialidad que mejor encaja conmigo es Medicina Preventiva y Salud Pública.

En esta especialidad detectas un problema que afecta a una comunidad, a un hospital o incluso a un país. Estudias lo que sucede, buscas información, te asesoras, diseñas un plan, estableces objetivos, buscas alianzas, negocias, desarrollas el proyecto y mides los resultados.

Es un tipo de trabajo en el que tienes que pensar, crear, organizar, convencer y mojarte.

Y eso me encanta.

Pero también me encanta trabajar directamente con los pacientes.

Por eso hice Geriatría. Porque necesitaba estar delante de las personas, escucharlas, explorarlas, conocer a sus familias y comprender qué estaba ocurriendo realmente en sus casas.

Yo necesitaba las dos cosas: pensar en sistemas completos y, al mismo tiempo, mirar a una persona concreta a los ojos.

Cuando sabes lo que necesita una persona, pero no siempre puedes ofrecérselo

Con los años comenzaron a pesarme algunas cosas.

Me resultaba muy difícil aceptar que una familia tuviera media hora para comprender que su madre podía tener una enfermedad de Alzheimer o un cáncer.

Me parecía difícil explicar un diagnóstico que iba a cambiar una vida mirando continuamente el reloj.

También me costaban los seguimientos demasiado separados. Una cita seis meses después puede ser adecuada en algunos casos, pero en otros supone perder un tiempo valiosísimo. Cuando una persona mejora pronto, todo suele ser más sencillo: recupera antes la movilidad, duerme mejor, disminuye el miedo, la familia comprende qué hacer y se evitan complicaciones.

Cuando podía, buscaba huecos para ver antes a quienes lo necesitaban. Intentaba reservar más tiempo para comunicar diagnósticos difíciles. Procuraba adaptar la consulta a la persona y no obligar siempre a la persona a adaptarse a la consulta.

También veía necesidades que el propio sistema no podía cubrir.

Hay personas que, después de un ingreso, necesitan terapia ocupacional, fisioterapia, apoyo psicológico, ejercicio supervisado o una intervención más intensa en su domicilio. Pero cuando un recurso prácticamente no existe dentro del sistema, resulta muy difícil incorporarlo de verdad al plan.

Yo quería elaborar planes, revisar pronto, preguntar qué había ocurrido en casa y cambiar lo que no estaba funcionando.

A veces podía hacerlo. Tuve jefes y compañeros magníficos que entendían esa manera de trabajar. Les encantaba verme tan ilusionada y me ayudaban.

Otras veces, no.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo

Siempre había dormido como un oso.

Era uno de los hábitos de los que más orgullosa estaba. No veía películas por la noche porque mi sueño era sagrado. Me encantaba madrugar, pero todavía me gustaba más dormir.

Mi cabeza tocaba la almohada y me despertaba siete u ocho horas después, llena de energía, vitalidad y ganas de comerme el mundo.

Después llegó la pandemia y dejé de dormir bien.

Al principio pensé que sería algo pasajero. Después me dijeron que podía ser la menopausia. Pero la explicación nunca terminó de encajarme.

El insomnio fue empeorando hasta que hubo épocas en las que dormía apenas dos horas.

Comencé a estar inquieta desde primera hora de la mañana. Caminaba por la cocina sin saber muy bien por qué. Necesitaba moverme constantemente. Empecé a perderme reuniones y dejé de tener ganas de ver a amigas que vivían a más de veinte minutos de mi casa.

Mi vida se fue haciendo cada vez más pequeña.

También comenzaron a aparecer infecciones graves, algunas con sepsis. No puedo demostrar que todo tuviera una única causa, pero mi salud se estaba deteriorando claramente.

Y yo, en lugar de preguntarme qué estaba ocurriendo, me exigía más.

No sabía si era débil.

O si la edad me estaba cambiando.

O si tenía un defecto de fábrica.

Mi cuerpo no estaba fallando: estaba intentando decirme algo

Unos años antes había comenzado a aprender qué significa escuchar el cuerpo y autorregularse.

Aprendí que, cuando estaba nerviosa, comenzaba a caminar por la cocina. Que, cuando sentía rabia, podía ponerme a lavar los platos. Que algunas emociones no se resuelven pensando más, sino caminando, cantando, llorando, descansando o parando.

Pero una cosa es conocer la teoría y otra muy distinta escuchar lo que tu propio cuerpo lleva años diciéndote.

Yo seguía intentando corregirme.

Escribía, meditaba, hacía yoga, iba al gimnasio, acudía a terapia y consultaba a médicos. Pensaba que necesitaba hacerme más fuerte para soportar mejor lo que estaba ocurriendo.

Durante una etapa de mi vida profesional, el entorno de trabajo comenzó a afectarme profundamente. Intenté comprenderlo, hablarlo y resolverlo durante meses.

No fue posible.

Una psicóloga me dijo que parte de lo que me ocurría podía estar relacionado con el trabajo. Al principio no le creí. Había invertido veinte años de mi vida en la sanidad pública y estaba convencida de que me jubilaría allí.

Hasta que un día mi médica de cabecera, que llevaba meses viéndome distinta, me dijo algo parecido a esto:

—Como tú todavía no puedes verlo y yo sí, voy a darte la baja hasta que puedas pensar.

Estuve aproximadamente un mes en casa.

Y una mañana me desperté y pensé:

¿Qué hago yo acumulando problemas fuera de mi casa cuando dentro de ella hay personas que me necesitan?

Ese mismo día envié un correo y renuncié.

Lo que ocurrió después

No todo cambió de forma milagrosa, pero la dirección cambió desde el principio.

Empecé a dormir mejor.

Al cabo de un mes me sentía más alegre.

A los tres meses, la vida dejó de parecerme una cuesta arriba constante.

Comencé a disfrutar de despertarme con mis hijos, prepararles el desayuno y llevarlos caminando al colegio. Dejé de salir de casa a las seis de la mañana para evitar el atasco.

Cada día estaba más orgullosa de mi maternidad.

Mis hijos también mejoraron. Uno de ellos incluso recibió un premio por un cuento que escribió en el colegio.

Recuperé la lectura. Volví a tener tiempo para pensar, para escribir y para hacer cosas que deseaba hacer desde hacía años.

Durante febrero y buena parte de marzo decidí descansar de verdad. No aprovechar el tiempo, no producir más, no empezar otra formación. Descansar.

Y me vino bien. Me vino mejor de lo que esperaba.

A los ocho meses me sentía claramente más contenta. Dejé de pensar que tenía un defecto de fábrica y comprendí que había vivido durante años con un estrés crónico de caballo.

A los doce meses volví a dormir como no dormía desde hacía cuatro o cinco años.

Volví a dormir como un oso.

No dejé la medicina

No renuncié porque hubiera dejado de creer en la medicina.

Tampoco dejé de creer en la sanidad pública. Sé lo que aporta, conozco a profesionales extraordinarios y he visto cómo salva, cuida y acompaña cada día a miles de personas.

Pero comprendí que la forma en la que yo necesitaba ejercer la medicina ya no era compatible con la vida que tenía, con mi salud y con las necesidades de mi familia.

Ahora, cuando una familia contacta conmigo, suelo mantener primero una conversación de unos cuarenta minutos. Los hijos me cuentan sus miedos, sus dudas y también sus corazonadas.

Después me envían informes. A veces uno. A veces veinte.

Los estudio antes de ver a la persona.

Y cuando llega la primera consulta, normalmente ya tengo una idea de los problemas que debemos explorar, aunque siempre dejo espacio para descubrir que la realidad era distinta.

La primera valoración dura más de una hora porque creo que, en medicina, aproximadamente el 80 % del trabajo empieza por escuchar.

Escuchar qué ha cambiado.

Qué ha dejado de hacer esa persona.

Cómo camina dentro de su casa.

Qué teme su hija.

Qué observa el cuidador.

Qué dicen los informes y, sobre todo, qué no dicen.

Después puedo pensar, diseñar un plan, explicarlo, revisarlo pronto y cambiarlo si no está funcionando.

No me fui para trabajar menos.

Me fui para poder ejercer la medicina de una manera compatible con lo que sé, con lo que creo y con la vida que quiero tener.

Un año después

Muchos me llamasteis y me escribisteis cuando anuncié que dejaba la sanidad pública.

Durante este año me habéis preguntado muchas veces por qué me fui.

Esta es una parte de la respuesta.

La otra parte tiene que ver con algo que he tardado muchos años en aprender: el cuerpo no siempre se estropea, a veces intenta protegernos. Y cuando no escuchamos sus primeras señales, termina gritando.

Quiero empezar a hablar más sobre esto.

Sobre cómo reconocer lo que sentimos.

Cómo se manifiestan las emociones en el cuerpo.

Qué significa autorregularse.

Y cómo distinguir entre una emoción que necesitamos atravesar y una situación que necesitamos cambiar.

Muchas de estas cosas solo las contaba hasta ahora en consulta. Pero he visto cómo transforman no solo la vida de mis pacientes, sino también la de sus hijos y sus familias.

Creo que ha llegado el momento de compartirlas.

Si quieres recibir las siguientes reflexiones, puedes registrarte en mi newsletter. Voy a contarte, poco a poco, cómo aprender a escuchar lo que tu cuerpo lleva tiempo intentando decirte. Para cumplir años mejor.

Datos de contacto aquí

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Adiós a la Geriatría

Llevo seis años hablando de geriatría en redes sociales.

Y durante estos años he comprobado algo: la mayoría de las personas que me siguen son jóvenes.

Quieren saber qué pueden hacer hoy para llegar mejor a la vejez, cómo cuidar mejor de sus padres y cómo ofrecer a sus hijos más oportunidades para desarrollarse bien.

Muchas veces me han pedido que explique cómo podemos empezar a preparar una buena vejez desde jóvenes.

Y yo siempre me he negado.

No porque no tuviera conocimientos para hacerlo. Soy especialista en Geriatría, pero también en Medicina Preventiva y Salud Pública.

Me negaba porque me parecía un reto inmenso y no tenía tiempo para desarrollarlo como quería.

Cuando comencé a hablar de geriatría en redes tenía un hijo de dos años y otro de cinco. Estaba haciendo un máster, terminando el doctorado y habitualmente compaginaba dos trabajos.

Iba a mil por hora.

Tenía que escoger muy bien en qué empleaba cada una de las pocas horas que me quedaban al día.

Por eso, cuando me pedían que abriera esta conversación, siempre decía lo mismo:

«Lo siento mucho. Ahora no puedo ni pensarlo».

Pero mi vida ha cambiado.

Hace un año dejé la medicina pública, después de veinte años. Mis hijos han crecido. Presenté mi tesis doctoral hace año y medio y, por primera vez en mucho tiempo, he podido tener más tiempo para estar conmigo.

He podido detenerme y pensar cómo quiero hablarte, cómo quiero que me recuerdes dentro de unos años y cómo quiero contribuir a mejorar el mundo desde mi batalla personal: combatir la medicina de la resignación.

Seguiré hablando de las personas mayores. Las adoro y no imagino un trabajo más bonito.

Seguiré contando mis «casitos de geriatría con final feliz». Seguiré trabajando con mis chicas mayores en el programa grupal. Y seguiré denunciando que se sede a personas mayores sin haber comprendido primero qué les sucede, porque continúa ocurriendo.

No abandono a las personas mayores ni la batalla que he defendido durante estos años.

Pero ahora voy a empezar la historia mucho antes.

Porque nadie se despierta un día con 70 u 80 años.

Antes fue un niño o una niña. Después fue joven. Y luego vivió durante décadas como persona adulta.

Voy a unir públicamente mis dos especialidades para hablar de lo que podemos hacer durante toda la vida pensando a diez o veinte años vista.

Hablaré de infancia, edad adulta y vejez.

De atención, memoria, fuerza, autonomía, desarrollo, hábitos, prevención y salud pública.

De lo que necesitamos para nosotros, para nuestros padres y para nuestros hijos.

Porque la salud de una persona mayor contiene parte de todo lo que vivió, desarrolló, perdió y conservó a lo largo de los años.

Llevo mucho tiempo pensando cómo contar todo esto sin dispersarme. Hasta ahora no había encontrado la manera.

Ahora sí.

Han sido seis años.

Seis años hablando de geriatría, defendiendo a las personas mayores y tratando de demostrar que la edad no explica todo lo que les sucede.

Hoy me despido de aquella primera etapa.

Y sí, me da miedo.

Intentar convertir treinta años de formación universitaria y todo lo que tengo en la cabeza en vídeos de dos minutos me parece una locura.

Pero, sobre todo, estoy muy ilusionada.

Porque no dejo atrás todo lo que he construido durante estos seis años. Lo llevo conmigo para empezar a contar la historia completa.

Confío en que estarás al otro lado de la pantalla acompañándome.

Adiós a la geriatría que empieza en la vejez.

Porque cuando una persona llega a mayor, no comienza una historia nueva. Llega con toda su vida.

Empezamos. ¿Qué tema es lo que más te preocupa?

Cuéntamelo en comentarios

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Mi padre no puede dormir

Consulta de Geriatría online con la Doctora Paola Ríos Germán, médico geriátra

Me llamaron desde Cadiz porque el padre no dormía.

Y mirad todo lo que encontramos.

Comparto esta historia con permiso.

Hace tres semanas vi a un hombre cansado, confuso por momentos, con problemas importantes de sueño y una familia muy preocupada.

Se despertaba de madrugada. La tensión subía mucho. Había alucinaciones. Había cansancio. Y, como ocurre muchas veces en geriatría, no había una sola pieza que explicara todo.

Hoy veo otra cosa.

  • Veo a una persona más presente.
  • Más atenta.
  • Escuchando.
  • Participando.
  • Trabajando junto a su familia para recuperar calidad de vida.

Factores detrás del insomnio

Detrás del insomnio había varios factores que podían estar afectando no solo al sueño, sino también al funcionamiento del cerebro y a la vida de toda la familia: pérdida auditiva, déficit de vitamina B12, hipotiroidismo, alteraciones de la tensión arterial y otros problemas médicos.

Una de esas piezas era la audición.

En este caso, la pérdida de audición puede hacer que tengamos algún tipo de deterioro cognitivo. El deterioro cognitivo puede presentarse de muchas manera, como desorientación o agitación o insomnio

Y esto importa: en un estudio publicado en JAMA Neurology, cada 10 dB de pérdida auditiva se asociaron con un 27% más de riesgo de demencia.

  • La medicina moderna es extraordinaria.
  • Pero a veces cada especialista ve una pieza distinta del puzzle.

Y una persona puede seguir deteriorándose aunque esté siendo atendida por muchos profesionales, si nadie une todas las piezas. Y a eso es lo que llamo como «la medicina fragmentada».

En Geriatría Contigo intentamos ver el dibujo completo.

  • No para tratar solo una analítica.
  • No para tratar solo una cifra de tensión.
  • No para tratar solo el insomnio.
  • Sino para mejorar la calidad de vida de una persona y de su familia.

Bravo por Antonio.

Porque hoy escucha mejor.

Porque participa más.

Porque le veo más atento.

Y porque en esta foto le veo más vivo, más presente y más conectado con su familia.

Y bravo también por una familia que no se rindió cuando las cosas se pusieron difíciles.

¿Quiere que le cuente otros factores tratables que pueden empeorar la memoria, el sueño y la calidad de vida de una persona mayor? Coméntamelo en los comentarios 

Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Médico
Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica
Especialista en Geriatria
Doctora Cum Laude UAM
Investigadora del RNFC e Idipaz

Más de 20 años de experiencia

Referencia:
Lin FR et al. Hearing Loss and Incident Dementia. JAMA Neurology. 2011.

¿ya te has registrado al curso que daré el domingo 28 de junio a las 9 pm?



Te puedes inscribir aquí, porque no tenemos que nacer sabiendo qué es deterioro cognitivo y mental, ni cómo abordarlo, pero podemos tener algunas pistas que debemos valorar. Este curso es único, no hay nada parecido en otros lugares. Normalmente se habla de Medicina Preventiva o se habla de Geriatría, y entre media, normalmente entre medias, las familias no tenemos información, lo sé, porque lo he pasado. 

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Programa Sénior 360º: el plan integral de recuperación para personas mayores


¿Qué es el Programa Sénior 360º?

El Programa Sénior 360º es un plan terapéutico integral diseñado para adultos de 65 años o más que presentan síntomas leves o moderados de deterioro físico o cognitivo. No es una consulta puntual ni un curso. Es un acompañamiento médico estructurado de 6 meses que aborda simultáneamente todas las áreas que influyen en la salud de una persona mayor.

Lo desarrollé tras más de 20 años de investigación y práctica clínica en los mejores hospitales de España. Desde noviembre de 2025 está disponible también en formato grupal, como evolución natural del programa individual que llevo ofreciendo durante 6 años.


¿Por qué un programa y no una consulta?

Porque el deterioro en las personas mayores nunca tiene una sola causa.

En mi experiencia clínica, el 90% de los casos que llegan a mi consulta tienen al menos tres problemas simultáneos que nadie ha abordado juntos: polifarmacia, pérdida de masa muscular, déficit nutricional, aislamiento social, deterioro cognitivo no evaluado correctamente.

Una consulta de 10 minutos no puede resolver eso. Un plan de 6 meses, sí.


Las 5 áreas que evaluamos

Antes de construir el plan, realizo una valoración geriátrica integral que analiza:

Medicación. Revisamos toda la historia clínica y detectamos casos de polifarmacia — medicación duplicada, inadecuada para la edad o que está causando efectos adversos que se confunden con deterioro.

Función física. El 50% del éxito del programa depende de recuperar la autonomía física. Cuando una persona mayor recupera movilidad, recupera también motivación y calidad de vida.

Estado cognitivo. Evaluamos memoria, atención, orientación y estado emocional. La salud cognitiva, el sueño y el ánimo están profundamente relacionados.

Analítica. Detectamos carencias frecuentes en personas mayores: hierro, vitamina D, B12, función tiroidea. Muchos deterioros que parecen irreversibles tienen causas analíticas tratables.

Nutrición. Ajustamos la alimentación para recuperar masa muscular, energía y función cognitiva.


¿Qué incluye el programa?

El programa tiene una duración de 6 meses e integra:

5 consultas médicas individuales conmigo, de entre 60 y 75 minutos cada una, realizadas online.

Un informe médico completo y valoración neuropsicológica integral al inicio.

Sesiones semanales de trabajo de fuerza y memoria todos los jueves, conmigo.

Terapia ocupacional grupal tres días a la semana con Cristyn González, especialista con más de 20 años de experiencia en deterioro cognitivo.

Apoyo psicológico quincenal con María Soto, psicóloga y logopeda, fundadora de Educa Bonito.

Encuentros quincenales donde los usuarios se conocen y comparten experiencias en grupo.

Para el cuidador principal, el programa incluye además apoyo psicológico grupal mensual, asesoramiento completo sobre la Ley de Dependencia y una comunidad de WhatsApp con reuniones quincenales.


¿Para quién es el Programa Sénior 360º?

Para adultos de 65 años o más con despistes, o sensación de debilidad (deterioro cognitivo o físico leve o moderado) que quieren un plan real para revertir o frenar ese proceso.

Es importante que la persona pueda caminar y tener una conversación lógica. Si no es así, el programa individual es más adecuado.

Puede ser candidato si tu padre o madre:

— Tiene olvidos ocasionales pero mantiene conversación. — Camina solo aunque necesite supervisión puntual. — Come con normalidad, aunque con algo menos de apetito. — Está más apagado, menos activo o con cambios de carácter.

Necesita programa individual si no mantiene conversaciones lógicas, confunde a personas cercanas, tiene incontinencia total o no camina sin ayuda física constante.


Una llamada que lo aclara todo

Antes de inscribirse, realizo siempre una llamada de valoración gratuita de 30 minutos. En esa llamada evalúo si la persona es candidata al programa grupal o individual, y te explico exactamente qué podemos conseguir en su caso concreto.

Es sin compromiso. Y en 30 minutos tienes más claridad de la que has obtenido en meses de consultas.

Conoce el programa completo aquí

Agenda tu llamada de valoración

Dra. Paola Ríos Germán, PhD

Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.
Especialista en Geriatría
Premio de la Organización Mundial de la Salud por trabajo de investigación.

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No todo es Alzheimer: Delirium, agitación y el abuso de la quetiapina

Persona mayor sentada en un sillón en su domicilio, con expresión atenta, utilizada para ilustrar la agitación en personas con deterioro cognitivo

(… sí, no todo es Alzheimer y agregar quetiapina: primero busquemos las causa de agitación o de delirium)

Si tu madre o su padre tiene Alzheimer (o demencia o deterioro cognitivo)
y, de repente, ha cambiado de forma brusca 
—está más agitado, duerme mal, grita, se muestra agresivo o parece “otra persona”—
es normal pensar que la enfermedad ha avanzado.

También es normal aceptar cualquier medicación que prometa calma.

Quiero decirte algo importante desde el principio:
muchas veces no es así.

En personas mayores, estos cambios pueden deberse a causas tratables,
y cuando no se reconocen a tiempo, se confunden con un empeoramiento irreversible.
Este texto no pretende juzgar decisiones pasadas.
Pretende ayudarle a entender qué puede estar pasando 
y qué merece revisarse antes de añadir una pastilla más.

Si ahora mismo estás cansado, asustado o desbordado, quédate con esta idea:
la agitación no es un diagnóstico.
Es una señal de alarma, que se puede modificar


La agitación normalmente no es “el Alzheimer empeorando”

En la práctica clínica veo con frecuencia la misma secuencia:
una persona con Alzheimer presenta agitación ? se interpreta como progresión de la enfermedad ? se prescribe quetiapina u otro antipsicótico.

Esta secuencia es habitual, pero no siempre correcta.

Las guías clínicas internacionales coinciden en algo fundamental:
la agitación es un síntoma, no una enfermedad en sí misma.

Y uno de los grandes errores en personas mayores es no diferenciar entre progresión del Alzheimer y delirium.


Delirium: el gran olvidado

El delirium (síndrome confusional agudo) es extremadamente frecuente en personas mayores,
especialmente en aquellas con demencia previa.

Sus características principales son:

  • inicio agudo o subagudo (horas o días),
  • curso fluctuante, la noche suele peor que el día
  • empeoramiento habitual por la tarde o la noche,
  • alteración de la atención, la conciencia o la percepción.

Las guías NICE, los consensos europeos y las revisiones sistemáticas muestran que:

  • más del 50 % de los delirium no se reconocen,
  • se confunden con “empeoramiento del Alzheimer”,
  • y se tratan de forma inadecuada.

Este error tiene consecuencias:
más medicación, más caídas, más hospitalizaciones y más sufrimiento.


¿Por qué aparece la agitación?

En geriatría, la agitación casi nunca es psiquiátrica aislada.
Suele ser la manifestación final de varios factores que se acumulan.

Cuando valoro a una persona con agitación, reviso siempre estas esferas:

1. Médica

  • Infecciones (aunque no haya fiebre), dolor, deshidratación, alteraciones metabólicas, estreñimiento o retención urinaria.

2. Farmacológica (clave)

Aquí aparecen muchos problemas:

  • benzodiacepinas,
  • antipsicóticos innecesarios,
  • fármacos que bajan en exceso la tensión o el azucar/gluocosa en sangre
  • cascadas de medicación para “arreglar” efectos secundarios.

Esto no es teoría.
Es una de las causas más frecuentes de delirium.

3. Funcional

  • Pérdida de la marcha, inmovilidad, sarcopenia, miedo a caer.
  • Un cuerpo que no se mueve empeora la confusión.

4. Nutricional

  • Déficit de proteínas, pérdida de peso, ingesta insuficiente
  • Déficits nutricionales

5. Psicosocial

  • Duelo,
  • cambios de entorno,
  • sobreestimulación,
  • pérdida de rutinas y referentes.
  • Cuando no se revisan estas áreas, la agitación se cronifica y se medicaliza.

¿Y la quetiapina?

La quetiapina no trata el delirium.

Esto no es una opinión personal.
Es lo que dicen las guías clínicas y la evidencia de mayor calidad.

Los estudios muestran que los antipsicóticos:

  • no acortan el delirium,
  • no mejoran la función cognitiva,
  • y aumentan el riesgo de ictus, caídas y mortalidad en personas con demencia.

Por eso, las recomendaciones internacionales son claras:
no son tratamiento de primera línea.

Solo deberían considerarse:

  • si existe riesgo grave e inmediato,
  • durante el menor tiempo posible,
  • y tras haber aplicado medidas no farmacológicas.

Usarlos de forma automática no es medicina basada en la evidencia.


Lo que sí funciona (y casi nadie explica)

La mayor parte del abordaje correcto es no farmacológico.

Las guías de delirium y de síntomas conductuales en demencia coinciden en que lo más eficaz es:

  • identificar y tratar la causa desencadenante,
  • retirar medicación innecesaria,
  • movilizar a la persona cada día,
  • tratar el dolor,
  • favorecer un sueño fisiológico (no sedación),
  • asegurar una nutrición adecuada,
  • adaptar el entorno y acompañar a la familia.

Esto no es magia.
Es ciencia bien aplicada.


Un caso real (con consentimiento)

Conocí a Luchi de 90 años por una agitación severa que había generado múltiples cambios de medicación.
No vi solo la agitación.

Vi a la mujer.
Su historia vital.
Su contexto.
El exceso de fármacos.
La pérdida de movimiento y de referencias.

La intervención no consistió en añadir tratamientos, sino en ordenar el sistema:
retirar, ajustar, acompañar.

El resultado no fue la “curación”.
Fue algo mucho más realista:

  • más tranquilidad,
  • menos sufrimiento
  • y la posibilidad de seguir en casa,
  • evitando hospitalizaciones.

Para terminar

No todo es Alzheimer.
No todo empeoramiento es irreversible.
Y no toda agitación necesita una pastilla.

La medicina respetuosa no va de añadir sin parar.
Va de entender, priorizar y respetar.

Cuando algo no encaja, merece una REVISIÓN INTEGRAL por deterioro cognitivo o agitación.
A tiempo, muchas decisiones pueden cambiarse.


Geriatría Contigo
Medicina respetuosa. Especialmente cuando hay deterioro cognitivo.

Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Médico · Geriatra · Medicina Preventiva · Investigadora

Bibliografía

  1. NICE – Delirium: prevention, diagnosis and management (CG103)
    National Institute for Health and Care Excellence.
    https://www.nice.org.uk/guidance/cg103
  2. NICE – Dementia: assessment, management and support (NG97)
    National Institute for Health and Care Excellence.
    https://www.nice.org.uk/guidance/ng97
  3. American Geriatrics Society – Clinical Practice Guideline for Delirium
    Journal of the American Geriatrics Society.
    https://agsjournals.onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/jgs.15024
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Soledad

Soledad no es solo estar solo. Es el resultado de una vida entera organizada alrededor de un único papel. Una mirada clínica y humana.

Por la Dra. Paola Ríos Germán, PhD

Para María y Amelie


Hace unos meses conocí a un ex CEO de una empresa muy importante en España.
Había trabajado sin parar hasta los 70 años. Prestigio, responsabilidad, reconocimiento.

Sentado frente a mí, con su mujer al lado, me dijo algo que escucho cada vez con más frecuencia en consulta:

Me siento profundamente vacío.

No estaba solo.
No estaba enfermo.
No le faltaban recursos.

Y, aun así, algo esencial no estaba ahí.

Niño vestido con ropa adulta, sentado en un sillón de estilo clásico, representación simbólica de la exigencia y la asignación temprana de roles en la infancia

Esta misma frase no la oigo solo en personas mayores. Empieza a aparecer antes de lo que creemos, a veces ya a los 55 años. Personas que han cumplido con todo lo que se esperaba de ellas. Que han hecho “lo correcto”. Que han llegado donde tenían que llegar.

Y, sin embargo, sienten un cansancio difícil de nombrar.
Una especie de hastío cotidiano.
Como si la vida siguiera… pero sin apoyarse en nada firme.

Por eso hoy quiero hablar de la soledad.
No como algo que aparece de repente en la vejez,
sino como algo que se va construyendo mucho antes, a lo largo de toda una vida.

Porque muchas veces la soledad no empieza cuando alguien se queda solo.
Empieza cuando todo el sentido de una vida se sostiene sobre un único papel.


Desde la infancia

Infancias marcadas por el contexto histórico. Para muchos niños del siglo XX, crecer no fue descubrir quién eran, sino adaptarse a un mundo que exigía fortaleza desde muy temprano.
Soledad explicada desde el contexto histórico, comenzando con la niñez

Para entender la soledad que aparece en muchas personas a partir de cierta edad, hay que volver muy atrás.
No a la jubilación.
No a los diagnósticos.
A la infancia.

Las personas que hoy tienen entre 65 y 85 años crecieron en contextos muy distintos, pero con algo en común: aprendieron pronto a adaptarse.

En gran parte de Europa, la infancia estuvo marcada por la guerra o la posguerra.
En muchos países de Latinoamérica, por crisis económicas, inestabilidad política o violencia prolongada.

La prioridad no era descubrir qué te gustaba o quién querías ser.
La prioridad era salir adelante.

Que hubiera comida.
Que hubiera trabajo.
Que el mañana no fuera peor que el hoy.

Los roles se aprendían temprano, sin reflexión consciente.
Muchas niñas aprendieron a cuidar y a hacerse responsables antes de tiempo.
Muchos niños aprendieron que su valor estaba en rendir y no quejarse.

Expresar miedo, tristeza o duda no era funcional.
No porque no importara, sino porque no encajaba con lo que el entorno exigía.

Pero no todas las infancias difíciles lo fueron por la escasez.
También existieron infancias atravesadas por la exigencia.

Lo veo con frecuencia en consulta.

a soledad no comienza con 80, comienza décadas antes

Recuerdo a una mujer de cincuenta y muchos años, brillante y muy capaz, que había empezado a caerse con frecuencia.
Cuando le hablé de la necesidad de cuidarse físicamente, me respondió sin dudar:

No tengo tiempo.

Al explorar su historia apareció un padre muy exigente.
De los que miraban a los hijos a través de las notas, del rendimiento, de los logros.

No faltó lo material.
Pero el mensaje fue claro: vales cuando cumples.

En ese tipo de crianza, el problema no es la supervivencia.
Es que el valor personal queda ligado al rendimiento.

Cuidarse, parar o pedir ayuda no formaban parte del aprendizaje.
No porque no fueran posibles, sino porque no encajaban con la identidad construida.

Cuando una forma de estar en el mundo se aprende así, no se desaprende fácilmente.

No desaparece con la jubilación.
No se borra con un diagnóstico médico.
No se corrige con un “deberías salir más”.

Ahí empezó a construirse, en muchos casos, la forma actual de vivir la soledad.


La adultez: cuando el papel lo ocupa todo

La adultez de muchas personas que hoy son mayores no fue un espacio para preguntarse quiénes eran, sino para cumplir con lo que tocaba.

expectativas familiares

Había que trabajar.
Había que sostener una familia.
Había que responder a unas expectativas asumidas como propias.

Para muchos hombres, el trabajo se convirtió en el eje de la identidad.
Daba estructura, dirección y reconocimiento.

Para muchas mujeres, la adultez estuvo atravesada por el cuidado constante:
de hijos, de padres, de la casa y, más adelante, de la pareja.

El matrimonio fue mucho más que una relación afectiva.
Fue el centro organizador de la vida.

Desde ahí se tomaban decisiones, se organizaban los cuidados, se mantenían —o se perdían— las relaciones sociales.

Las amistades y los espacios propios quedaron muchas veces en segundo plano.
No por falta de deseo, sino por falta de tiempo, energía o permiso interno.

Durante años, este modelo funcionó.
Funcionó mientras hubo salud.
Mientras el trabajo siguió.
Mientras cada uno pudo sostener su papel.

El problema no fue ese modelo.
El problema fue que todo el sentido de la vida quedó concentrado en una sola estructura.

Y cuando esa estructura empezó a moverse, no siempre había red debajo.


Cuando algo se rompe

El problema rara vez aparece de golpe.
Aparece cuando algo que llevaba años sosteniendo la vida deja de hacerlo.

A veces es la jubilación.
Otras, una enfermedad grave.
En muchos casos, una demencia en la pareja.
O una viudedad.
O un divorcio tardío.

No es el acontecimiento en sí lo que desestabiliza tanto.
Es lo que deja al descubierto.

La pregunta que emerge entonces es sencilla y brutal:
¿qué queda cuando el papel que organizaba toda la vida ya no está?

En consulta veo hombres que, tras jubilarse o tras enfermar su pareja, se sienten completamente perdidos.
No por falta de capacidad, sino porque nunca aprendieron a vivir fuera de ese rol.

Veo mujeres exhaustas que, tras décadas cuidando, cuando ese rol desaparece, se quedan sin energía y sin identidad fuera del cuidado.

Y también veo lo contrario.
Personas que, con dificultad, se reorganizan y encuentran nuevos apoyos.

La diferencia no está en el sexo ni en la fortaleza de carácter.
Está en la trayectoria previa:
en cuántos roles hubo,
en cuántas redes se cultivaron,
en cuánto espacio propio se permitió a lo largo de la vida.

Aquí no se trata de juzgar vidas.
Se trata de comprenderlas.


La respuesta fácil: “deberías salir más”

Cuando aparece la soledad, la respuesta suele ser rápida y bienintencionada:

sal más,
apúntate a algo,
haz amigos.

El problema no es que sea falso.
Es que no explica nada.

Son frases abstractas, lanzadas desde biografías distintas.
Saber que algo es importante no enseña cómo hacerlo posible.

Para muchas personas, “salir más” no es una instrucción clara.
Implica saber a dónde ir, con quién, cómo empezar, cómo sentirse legítimo ocupando un espacio nuevo.

Y eso no se improvisa a los 70 si nunca se entrenó antes.

Además, este mensaje tiene un efecto secundario:
convierte la soledad en un fallo individual.

Y no lo es.


En consulta

Cuando alguien llega a consulta con soledad, no empiezo diciéndole que tiene que relacionarse más.
Empiezo por devolverle algo que suele haberse perdido antes: la sensación de capacidad.

Trabajo el cuerpo.
Trabajo la nutrición.
Trabajo la cognición.

Pequeños pasos.
Nada heroico.

Cuando una persona comprueba que aún puede hacer cosas que creía perdidas, algo cambia.
No solo en el músculo o la memoria.
En la imagen que tiene de sí misma.

Y desde ahí, más adelante, puede aparecer el vínculo.

La soledad no se aborda empujando.
Se aborda acompañando.


Una verdad incómoda

Pensar que esto solo le pasa a quienes hoy tienen 70 u 80 años es tranquilizador.
Pero no es verdad.

En consulta empiezo a ver el mismo patrón en personas de 40, 50 y 60 años.
No dicen “estoy solo”.
Dicen: “siento algo raro por dentro”.

El abordaje es el mismo:
sin prisas,
sin forzar,
recuperando primero la sensación de sostén interno.

La soledad no empieza con la jubilación.
Empieza cuando una vida se apoya solo en una o dos patas.

Y eso, nos interpela a todos.

Todo lo que se describe aquí no es una opinión personal, sino algo ampliamente documentado en distintos campos de la medicina y las ciencias de la salud. La relación entre vínculos sociales, salud cerebral, riesgo cardiovascular y envejecimiento funcional está bien establecida en la medicina preventiva, la geriatría, la psicología y la cardiología, y forma parte de las recomendaciones actuales de organismos internacionales y de la práctica clínica diaria.


Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Médico. Medicina Preventiva y Geriatría

Bibliografía de soledad y redes sociales

Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review. PLoS Med. 2010;7(7):e1000316. doi:10.1371/journal.pmed.1000316
https://journals.plos.org/plosmedicine/article?id=10.1371/journal.pmed.1000316

Valtorta NK, Kanaan M, Gilbody S, Ronzi S, Hanratty B. Loneliness and social isolation as risk factors for coronary heart disease and stroke: systematic review and meta-analysis. Heart. 2016;102(13):1009–1016. doi:10.1136/heartjnl-2015-308790
https://heart.bmj.com/content/102/13/1009

Hawkley LC, Cacioppo JT. Loneliness matters: a theoretical and empirical review of consequences and mechanisms. Ann Behav Med. 2010;40(2):218–227. doi:10.1007/s12160-010-9210-8
https://link.springer.com/article/10.1007/s12160-010-9210-8

Livingston G, Huntley J, Sommerlad A, et al. Dementia prevention, intervention, and care: 2020 report of the Lancet Commission. Lancet. 2020;396(10248):413–446. doi:10.1016/S0140-6736(20)30367-6
https://www.thelancet.com/article/S0140-6736(20)30367-6/fulltext

World Health Organization. Social isolation and loneliness among older people: advocacy brief. Geneva: WHO; 2021.
https://www.who.int/publications/i/item/WHO-HEP-HPR-RUN-2021.2

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La historia por la que dejo el Sistema Público Español después de 20 años (con final feliz)

por Dra. Paola Ríos Germán

Capítulo 1. Inicios de 2020 — El hogar de los diagnósticos

En 2020, en mi casa no llegaban postales: llegaban diagnósticos.
Cada vez que sonaba el teléfono, alguien tenía una cita, un informe o un tratamiento nuevo.

Un día comprendí que, como soy muy parlanchina, podía desahogarme hablando.
Así nació Geriatría Contigo®, un refugio donde hablaba y alguien me escuchaba.
Un espacio terapéutico que, sin saberlo, se convertiría en el cimiento de varias exclusivas que hoy quiero compartirte.

(Recuerda esto para el final — Exclusividad 1)


Capítulo 2. 2019–2025 — Partirme en dos y tocar fondo

No lo llamo resiliencia.
Lo llamo partirme en dos y petar en el intento.

Durante años intenté mantenerme en el sistema público. Trabajaba varios meses, luego “descansaba” para poder atender todas las terapias familiares, y después volvía para seguir costeándolas.
Así, año tras año.

En los últimos dieciocho meses, el entorno se volvió hostil.
Toqué fondo.

Pero, como dice Buster Moon en Canta:

“Lo bueno de tocar fondo es que solo se puede ir hacia arriba.”

(Recuerda esto para el final — Exclusividad 2)


Capítulo 3. Diciembre de 2020 — La frase que lo cambió todo

Hace cinco años, cuando comenzaron a llegar los diagnósticos, María Soto me dijo una frase que me cambió la vida:

“Puedes quedarte en tu dolor o transformarlo en algo que ayude a los demás.”

No sabía cómo se hacía eso.
Empecé leyendo biografías de personas que habían vivido historias duras —“chunguetas”, como decimos coloquialmente— y que lograron transformar su dolor en algo bueno para los demás.
No te contaré cuáles, porque no son historias fáciles.
Pero existen.

(Recuerda esto para el final — Exclusividad 3)


Capítulo 4. Julio de 2020 — Las voces que me sostuvieron

Soy muy parlanchina, sí.
Y he tenido suerte: me rodearon personas buenas.

Amigos, colegas (Joaquín, Natalia), mujeres que me regalaron su tiempo, sus audios de WhatsApp (Clío, Mili), su compañía (Esther, Lucía, Oyana, Juan).
Muchos más —aunque son las cinco de la mañana y aún medio dormida no los enumere todos—, casualmente sanitarios.

No conocían todo el contexto, pero me veían distinta.
En julio de 2020, al romperme, les conté cosas inconfesables.
Y ellos me sostuvieron.
De aquel grupo nació algo que hoy te quiero contar.

(Recuerda esto para el final — Exclusividad 4)


Capítulo 5. Enero–Octubre de 2025 — “Sueña, sueña alto”

Con mis amigos y colegas soñé con el día de hoy, 25 de octubre de 2025.
Yo soñaba mucho.
Y ellos me decían:

“Puedes soñar más aún.”

Me ponían ejemplos.
Marita, Nora, mis profesores y compañeros de Cracks y HotMamas.
Hay más, seguro.

Como soy soñadora, pasé del “¿y si…?” a trabajar en un proyecto que hoy quiero compartirte.

(Recuerda esto para el final — Exclusividad 5)


Capítulo final — 25 de octubre de 2025

EXCLUSIVIDAD 1 — Gracias a ti

No solo creé Geriatría Contigo, sino que cada vez que me sentía mal, venía aquí a contarte mi vida en forma de cuentos e historias.
Así nació, por ejemplo, Un casito de geriatría con final feliz.
Tú te alegrabas; yo me sentía mejor.
Por eso el nombre: Geriatría CONTIGO.
Contigo he transformado los días negros en días llenos de luz.


EXCLUSIVIDAD 2 — Salgo del sistema público español después de veinte años

No porque no crea en él, sino porque mi cuerpo ya no puede sostenerlo.
¿Para siempre? No lo sé.
Pero por un tiempo, sí.


EXCLUSIVIDAD 3 — Lo que me enseñó María Soto era cierto

El dolor puede transformarse.
Y lo he hecho.

Convertí mi dolor en un Programa de Recuperación Funcional a Domicilio para personas mayores y jóvenes.
Y he comenzado un nuevo proyecto de investigación, cuyos primeros resultados verán la luz muy pronto.


EXCLUSIVIDAD 4 — Geriatría Contigo crece

Desde ya, aquellas voces que me sostuvieron serán también las voces que sostendrán a toda una comunidad.


EXCLUSIVIDAD 5 — Soñar, soñar y seguir soñando

El Programa de Recuperación Funcional a Domicilio pasa a otro nivel,
para ayudar a más familias que hoy están donde yo estaba en 2019 y 2020.

Y desde mañana te iré contando…
Porque son las seis de la mañana, y voy a parar por hoy.

Gracias. GRACIAS. GRACIAS.
Geriatría Contigo® está creciendo.
Y crecerá contigo.


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