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Síndrome del ocaso: sus hijas pensaban que la estaban perdiendo

agitación por la tarde

La historia real de una mujer de 97 años que volvió a dormir, hablar, moverse y participar en la vida de su familia.

Cuando conocí a Teresa tenía 97 años y sus hijas sentían que la estaban perdiendo.

No había sucedido una única catástrofe. Era algo más lento y, posiblemente, más doloroso: veían cómo su madre se iba apagando delante de ellas.

Teresa había sido propietaria de un bar hasta los 60 años. Siempre había dormido bien y siempre había sido una mujer alegre.

Pero desde una hospitalización en diciembre, las noches habían cambiado. Se despertaba angustiada, nerviosa y con la sensación de que se ahogaba. Durante el día permanecía adormilada.

Caminaba únicamente del sillón al baño, unas cinco veces al día. Hacía años que no salía a la calle caminando. Tenía un dolor importante en el hombro y el brazo derechos por una rotura del manguito de los rotadores y del tendón del bíceps. Comía poco. Dependía de otras personas para prácticamente todo.

Además, había recibido risperidona y quetiapina, pero su sueño, su angustia y su conducta no habían mejorado.

Cuando la exploré, encontré «agua en el pulmón» y edemas que llegaban hasta los muslos y también afectaban a los brazos. No había un único problema llamado demencia. Había insuficiencia cardiaca, dolor mal controlado, inmovilidad, somnolencia, hipotensión, desnutrición y un tratamiento que necesitaba ser revisado.

Sus hijas no necesitaban que alguien les dijera que su madre tenía 97 años.

Necesitaban saber qué estaba ocurriendo y qué parte todavía tenía margen de mejoría.

agitación por la tarde

La primera mejoría no fue espectacular

Empezamos a trabajar en marzo de 2026.

No hubo una pastilla milagrosa ni una única recomendación. Tratamos el dolor, ajustamos la medicación, revisamos el exceso de control de la tensión, abordamos la retención de líquidos, reforzamos la alimentación y comenzamos a moverla más.

También fuimos reduciendo la quetiapina bajo supervisión médica.

Dos semanas después, una de sus hijas empezó a notar algo.

En la ducha, Teresa estaba más segura. Su pisada parecía más estable. Dormía mejor, pasaba menos tiempo adormilada durante el día y había empezado a salir casi a diario, aunque fuera en silla de ruedas.

Incluso había ido a una procesión de Viernes Santo.

Y hacía sentadillas.

Puede parecer pequeño. Para una hija que lleva meses viendo apagarse a su madre, no lo es.

Es el primer momento en el que piensa: «Quizá todavía no la hemos perdido».

La recuperación no fue una línea recta

En mayo seguía teniendo mucho dolor en el brazo, el hombro y el codo. Un traumatólogo les había dicho que aquello «no tenía solución para su edad».

La analítica mostró una albúmina de 2,81 g/dl, compatible con una desnutrición proteica importante. La tensión arterial seguía excesivamente baja y la frecuencia cardiaca descendía algunos días hasta 54 latidos por minuto.

Había avances: comía mejor, se levantaba más temprano, descansaba más y salía de casa cuatro o cinco veces por semana. Pero sus hijas todavía no veían una transformación clara.

Y siguieron.

Esta parte también importa. Las familias reales no viven una sucesión perfecta de mejorías. Hay días buenos, días malos y semanas en las que parece que todo el esfuerzo no está cambiando nada.


Está más tranquila, pero disfruta menos


En junio apareció una nueva preocupación.

Teresa estaba más inquieta por las tardes. La familia decía que se ponía «más rebelde» y que se entristecía cuando le llevaban la contraria.

Había una frase especialmente importante:

«Está más tranquila, pero ahora disfruta menos».

Eso no era suficiente.

El objetivo nunca puede ser conseguir que una persona moleste menos a cambio de verla más apagada.

Durante la consulta comprobamos que Teresa entendía indicaciones sencillas. Tenía menos palabras que antes, pero todavía podía participar. Le di unas camisas y fue capaz de abotonarlas.

Ahí encontramos algo que aún estaba vivo.

Les pedí que no la dejaran simplemente sentada mientras los demás hacían la vida de la casa. Que caminara todo lo posible y que participara en actividades reales: doblar ropa, emparejar calcetines, abotonar camisas, ayudar con la comida.

No para entretenerla.

Para que volviera a sentirse parte de su familia.

La llamada desde la Sierra de Gredos


El 14 de julio volví a verla, pero esta vez por videoconferencia. Estaba pasando unos días con su familia en la Sierra de Gredos.

La mujer que apareció en la pantalla no era la misma que yo había conocido en marzo.

Estaba más contenta, más comunicativa y encontraba mejor las palabras. Intervenía espontáneamente y no dejaba de hablar.

En un momento de la conversación dijo:

«Yo siempre he sido una persona alegre».

Dormía muy bien. Comía con apetito. Participaba en la casa haciendo costura, jugando y ayudando a preparar alimentos, como cortar o secar patatas.

Y por las tardes ya no aparecían el estrés ni la agitación.

Sus hijas estaban tranquilas, pero no porque su madre estuviera dormida, sedada o ausente.

Estaban tranquilas porque volvían a reconocerla.

Su madre seguía allí.

Teresa continúa teniendo 97 años. Continúa viviendo con una demencia severa y necesita ayuda para las actividades de la vida diaria. No hemos borrado sus enfermedades ni la hemos convertido en una mujer de 70 años.

Pero duerme, come, habla, se mueve, participa y vuelve a disfrutar.

Eso también es mejorar.


¿Era realmente síndrome del ocaso?

El síndrome del ocaso describe la aparición o el empeoramiento de confusión, ansiedad, inquietud, irritabilidad, deambulación o agitación al final de la tarde y durante la noche.

Pero decir «síndrome del ocaso» únicamente nos dice cuándo ocurre. No nos explica por qué.

En algunas personas influyen las alteraciones del ritmo sueño-vigilia propias de la demencia. En otras intervienen el cansancio, la falta de luz, el dolor, el hambre, la sed, una infección, el estreñimiento, determinados medicamentos, un ambiente ruidoso o una necesidad que la persona ya no sabe expresar. [Mayo Clinic]

Y, a veces, la inquietud de la tarde también guarda relación con todo lo que no ha ocurrido durante el día: movimiento, luz natural, conversación, decisiones y actividades con sentido.

Por eso, no toda persona con demencia que se altera por la tarde necesita automáticamente más medicación.

Antes de tratar la conducta, hay que reconstruir la historia


Cuando una madre o un padre cambia de comportamiento, yo no empiezo preguntando únicamente qué medicamento podemos añadir.

Primero necesito saber:

  • ¿El cambio ha sido repentino o progresivo?
  • ¿Tiene dolor aunque no sepa explicarlo?
  • ¿Duerme por la noche o pasa el día adormilado?
  • ¿Ha comenzado algún medicamento o ha cambiado alguna dosis?
  • ¿Tiene la tensión demasiado baja?
  • ¿Está estreñido, deshidratado o puede existir una infección?
  • ¿Oye y ve suficientemente bien?
  • ¿Cuánto camina realmente?
  • ¿Come suficiente proteína y energía?
  • ¿Qué hace desde que se levanta hasta que comienza la inquietud?
  • ¿Sigue tomando alguna decisión o participando en la vida familiar?



Las recomendaciones clínicas indican que, antes de iniciar un tratamiento farmacológico o no farmacológico para el malestar en una persona con demencia, deben investigarse las posibles causas clínicas y ambientales. También recomiendan intervenciones psicosociales y actividades personalizadas que favorezcan el interés, el placer y la participación. [Guía NICE sobre demencia]

Los antipsicóticos no son el enemigo, pero tampoco pueden ser la respuesta automática

Hay situaciones en las que un antipsicótico puede estar indicado: cuando existe riesgo de que la persona se haga daño o dañe a otros, o cuando presenta agitación, alucinaciones o delirios que le causan un sufrimiento grave.

Pero utilizarlo únicamente para conseguir que una persona esté callada o resulte más fácil de manejar no debería ser el objetivo.

Cuando se prescribe, debe utilizarse la menor dosis eficaz, durante el menor tiempo posible, y revisar periódicamente si continúa siendo necesario. [Guía NICE sobre demencia]

La quetiapina puede producir somnolencia y sedación, y su ficha técnica incluye advertencias específicas para su utilización en personas mayores con psicosis relacionada con demencia. [Ficha técnica de quetiapina]

Esto no significa que una familia deba retirar un medicamento por su cuenta. Cualquier ajuste debe realizarse bajo supervisión médica y teniendo en cuenta la situación completa de la persona.

Qué pueden hacer los hijos cuando la inquietud aparece por la tarde


No compre actividades al azar ni convierta la casa en una consulta. Empiece observando.

Durante varios días, anote:

  • A qué hora comienza el cambio.
  • Qué ha hecho la persona durante esa mañana y esa tarde.
  • Cuánto ha dormido, comido, bebido y caminado.
  • Si parece tener dolor, dificultad respiratoria o estreñimiento.
  • Qué medicamentos ha tomado y a qué hora.
  • Qué estaba ocurriendo alrededor: ruido, visitas, oscuridad, cambio de cuidador o discusiones.
  • Qué actividades la tranquilizan sin apagarla.

Esa información puede ser mucho más útil que decir simplemente: «Por la tarde se pone imposible».

Si el cambio aparece bruscamente en horas o pocos días, o se acompaña de fiebre, dificultad respiratoria, somnolencia nueva, caída, dolor intenso, incapacidad para comer o beber o una alteración marcada respecto a su situación habitual, necesita una valoración médica sin demora.

Cuidar no siempre significa hacer más por ellos

Las hijas de Teresa no consiguieron este cambio doblando dos camisas un día.

Sostuvieron durante meses un plan que incluyó tratar el dolor, ajustar la medicación, controlar la insuficiencia cardiaca y la tensión arterial, mejorar la alimentación, aumentar el movimiento, sacarla de casa y devolverle actividades con sentido.

No hicieron más cosas por su madre.

Empezaron a hacer más cosas con ella.

Y esa diferencia importa.

Si reconoce esta historia en su madre o en su padre, no se conforme con que le digan que «es la edad» o que «es normal en la demencia». Tampoco modifique tratamientos por su cuenta.

Necesita saber qué está provocando el cambio, qué problemas pueden tratarse y qué capacidades todavía tienen vida que ganar.

En Geriatría Contigo® realizamos una valoración geriátrica integral para ordenar cuerpo, cerebro, medicación, nutrición, fuerza, sueño, entorno y vida cotidiana, y convertir la preocupación de la familia en un plan.

Comparta este artículo con esa familia que cree que lo necesita.

Y es que, claramente, tengo el trabajo más bonito del mundo.

Y eso me hace muy feliz.

**Aviso médico:** Este contenido es informativo y no sustituye una valoración clínica individual. No modifique ni suspenda tratamientos sin supervisión médica. 

Historia compartida con autorización. El nombre y algunos detalles identificativos han sido modificados para preservar su intimidad.

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Dra. Paola Ríos German

Médico. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Publica. Especialista en Geriatría.