Estuve veinte años en la sanidad pública y pensé que me jubilaría allí. Hace un año tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: dejar la sanidad pública. Hoy quiero contarte por qué lo hice y qué ha cambiado desde entonces.
He trabajado durante veinte años en la sanidad pública.
He pasado por grandes hospitales, como La Paz o el Ramón y Cajal, por el Hospital Universitario de Guadalajara y por hospitales más pequeños, como el Hospital del Sureste, en Arganda.
En todos ellos crecí como médica. Pero también crecí como persona.
Conocí distintas formas de trabajar, servicios enormes y equipos pequeños, hospitales con muchos recursos y otros donde había que hacer verdaderos malabares. Trabajé en Medicina Preventiva y Salud Pública, en Geriatría, en hospitalización, consultas, residencias, gestión e investigación.
Aprendí de médicos extraordinarios, de enfermeras, auxiliares, terapeutas, pacientes y familias. También aprendí de los días difíciles, de las guardias, de los errores, de las decisiones que no estaban en ningún manual y de todo lo que sucede dentro de un hospital cuando nadie está mirando.
Yo pensaba que me jubilaría en la sanidad pública.
No ocurrió.
Hace un año renuncié.
La médica que fui descubriendo que era
Por mi manera de pensar, probablemente la especialidad que mejor encaja conmigo es Medicina Preventiva y Salud Pública.
En esta especialidad detectas un problema que afecta a una comunidad, a un hospital o incluso a un país. Estudias lo que sucede, buscas información, te asesoras, diseñas un plan, estableces objetivos, buscas alianzas, negocias, desarrollas el proyecto y mides los resultados.
Es un tipo de trabajo en el que tienes que pensar, crear, organizar, convencer y mojarte.
Y eso me encanta.
Pero también me encanta trabajar directamente con los pacientes.
Por eso hice Geriatría. Porque necesitaba estar delante de las personas, escucharlas, explorarlas, conocer a sus familias y comprender qué estaba ocurriendo realmente en sus casas.
Yo necesitaba las dos cosas: pensar en sistemas completos y, al mismo tiempo, mirar a una persona concreta a los ojos.
Cuando sabes lo que necesita una persona, pero no siempre puedes ofrecérselo
Con los años comenzaron a pesarme algunas cosas.
Me resultaba muy difícil aceptar que una familia tuviera media hora para comprender que su madre podía tener una enfermedad de Alzheimer o un cáncer.
Me parecía difícil explicar un diagnóstico que iba a cambiar una vida mirando continuamente el reloj.
También me costaban los seguimientos demasiado separados. Una cita seis meses después puede ser adecuada en algunos casos, pero en otros supone perder un tiempo valiosísimo. Cuando una persona mejora pronto, todo suele ser más sencillo: recupera antes la movilidad, duerme mejor, disminuye el miedo, la familia comprende qué hacer y se evitan complicaciones.
Cuando podía, buscaba huecos para ver antes a quienes lo necesitaban. Intentaba reservar más tiempo para comunicar diagnósticos difíciles. Procuraba adaptar la consulta a la persona y no obligar siempre a la persona a adaptarse a la consulta.
También veía necesidades que el propio sistema no podía cubrir.
Hay personas que, después de un ingreso, necesitan terapia ocupacional, fisioterapia, apoyo psicológico, ejercicio supervisado o una intervención más intensa en su domicilio. Pero cuando un recurso prácticamente no existe dentro del sistema, resulta muy difícil incorporarlo de verdad al plan.
A veces podía hacerlo. Tuve jefes y compañeros magníficos que entendían esa manera de trabajar. Les encantaba verme tan ilusionada y me ayudaban.
Otras veces, no.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo
Siempre había dormido como un oso.
Era uno de los hábitos de los que más orgullosa estaba. No veía películas por la noche porque mi sueño era sagrado. Me encantaba madrugar, pero todavía me gustaba más dormir.
Mi cabeza tocaba la almohada y me despertaba siete u ocho horas después, llena de energía, vitalidad y ganas de comerme el mundo.
Después llegó la pandemia y dejé de dormir bien.
Al principio pensé que sería algo pasajero. Después me dijeron que podía ser la menopausia. Pero la explicación nunca terminó de encajarme.
El insomnio fue empeorando hasta que hubo épocas en las que dormía apenas dos horas.
Comencé a estar inquieta desde primera hora de la mañana. Caminaba por la cocina sin saber muy bien por qué. Necesitaba moverme constantemente. Empecé a perderme reuniones y dejé de tener ganas de ver a amigas que vivían a más de veinte minutos de mi casa.
Mi vida se fue haciendo cada vez más pequeña.
También comenzaron a aparecer infecciones graves, algunas con sepsis. No puedo demostrar que todo tuviera una única causa, pero mi salud se estaba deteriorando claramente.
Y yo, en lugar de preguntarme qué estaba ocurriendo, me exigía más.
No sabía si era débil.
O si la edad me estaba cambiando.
O si tenía un defecto de fábrica.
Mi cuerpo no estaba fallando: estaba intentando decirme algo
Unos años antes había comenzado a aprender qué significa escuchar el cuerpo y autorregularse.
Aprendí que, cuando estaba nerviosa, comenzaba a caminar por la cocina. Que, cuando sentía rabia, podía ponerme a lavar los platos. Que algunas emociones no se resuelven pensando más, sino caminando, cantando, llorando, descansando o parando.
Pero una cosa es conocer la teoría y otra muy distinta escuchar lo que tu propio cuerpo lleva años diciéndote.
Yo seguía intentando corregirme.
Escribía, meditaba, hacía yoga, iba al gimnasio, acudía a terapia y consultaba a médicos. Pensaba que necesitaba hacerme más fuerte para soportar mejor lo que estaba ocurriendo.
Durante una etapa de mi vida profesional, el entorno de trabajo comenzó a afectarme profundamente. Intenté comprenderlo, hablarlo y resolverlo durante meses.
No fue posible.
Una psicóloga me dijo que parte de lo que me ocurría podía estar relacionado con el trabajo. Al principio no le creí. Había invertido veinte años de mi vida en la sanidad pública y estaba convencida de que me jubilaría allí.
Hasta que un día mi médica de cabecera, que llevaba meses viéndome distinta, me dijo algo parecido a esto:
—Como tú todavía no puedes verlo y yo sí, voy a darte la baja hasta que puedas pensar.
Estuve aproximadamente un mes en casa.
Y una mañana me desperté y pensé:
¿Qué hago yo acumulando problemas fuera de mi casa cuando dentro de ella hay personas que me necesitan?
Ese mismo día envié un correo y renuncié.
Lo que ocurrió después
No todo cambió de forma milagrosa, pero la dirección cambió desde el principio.
Empecé a dormir mejor.
Al cabo de un mes me sentía más alegre.
A los tres meses, la vida dejó de parecerme una cuesta arriba constante.
Comencé a disfrutar de despertarme con mis hijos, prepararles el desayuno y llevarlos caminando al colegio. Dejé de salir de casa a las seis de la mañana para evitar el atasco.
Cada día estaba más orgullosa de mi maternidad.
Mis hijos también mejoraron. Uno de ellos incluso recibió un premio por un cuento que escribió en el colegio.
Recuperé la lectura. Volví a tener tiempo para pensar, para escribir y para hacer cosas que deseaba hacer desde hacía años.
Durante febrero y buena parte de marzo decidí descansar de verdad. No aprovechar el tiempo, no producir más, no empezar otra formación. Descansar.
Y me vino bien. Me vino mejor de lo que esperaba.
A los ocho meses me sentía claramente más contenta. Dejé de pensar que tenía un defecto de fábrica y comprendí que había vivido durante años con un estrés crónico de caballo.
A los doce meses volví a dormir como no dormía desde hacía cuatro o cinco años.
Volví a dormir como un oso.
No dejé la medicina
No renuncié porque hubiera dejado de creer en la medicina.
Tampoco dejé de creer en la sanidad pública. Sé lo que aporta, conozco a profesionales extraordinarios y he visto cómo salva, cuida y acompaña cada día a miles de personas.
Pero comprendí que la forma en la que yo necesitaba ejercer la medicina ya no era compatible con la vida que tenía, con mi salud y con las necesidades de mi familia.
Ahora, cuando una familia contacta conmigo, suelo mantener primero una conversación de unos cuarenta minutos. Los hijos me cuentan sus miedos, sus dudas y también sus corazonadas.
Después me envían informes. A veces uno. A veces veinte.
Los estudio antes de ver a la persona.
Y cuando llega la primera consulta, normalmente ya tengo una idea de los problemas que debemos explorar, aunque siempre dejo espacio para descubrir que la realidad era distinta.
La primera valoración dura más de una hora porque creo que, en medicina, aproximadamente el 80 % del trabajo empieza por escuchar.
Escuchar qué ha cambiado.
Qué ha dejado de hacer esa persona.
Cómo camina dentro de su casa.
Qué teme su hija.
Qué observa el cuidador.
Qué dicen los informes y, sobre todo, qué no dicen.
Después puedo pensar, diseñar un plan, explicarlo, revisarlo pronto y cambiarlo si no está funcionando.
No me fui para trabajar menos.
Me fui para poder ejercer la medicina de una manera compatible con lo que sé, con lo que creo y con la vida que quiero tener.
Un año después
Muchos me llamasteis y me escribisteis cuando anuncié que dejaba la sanidad pública.
Durante este año me habéis preguntado muchas veces por qué me fui.
Esta es una parte de la respuesta.
La otra parte tiene que ver con algo que he tardado muchos años en aprender: el cuerpo no siempre se estropea, a veces intenta protegernos. Y cuando no escuchamos sus primeras señales, termina gritando.
Quiero empezar a hablar más sobre esto.
Sobre cómo reconocer lo que sentimos.
Cómo se manifiestan las emociones en el cuerpo.
Qué significa autorregularse.
Y cómo distinguir entre una emoción que necesitamos atravesar y una situación que necesitamos cambiar.
Muchas de estas cosas solo las contaba hasta ahora en consulta. Pero he visto cómo transforman no solo la vida de mis pacientes, sino también la de sus hijos y sus familias.
Creo que ha llegado el momento de compartirlas.
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2 comentarios en “Estuve 20 años en la sanidad pública. Hace un año renuncié”
Me alegro mucho que lo hayas podido Paola y todos los que tenemos a nuestros padres cuidados por tu además te lo agradecemos, porque la labor que haces con ellos es inigualable ??????
Muchas gracias, Inma 🙂 Para mí es un privilegio acompañarlas y ver todo lo que siguen trabajando y consiguiendo. Gracias también a vosotras por la confianza y por sostener el proceso, soy muy feliz de conocerlas