Llevo seis años hablando de geriatría en redes sociales.
Y durante estos años he comprobado algo: la mayoría de las personas que me siguen son jóvenes.
Quieren saber qué pueden hacer hoy para llegar mejor a la vejez, cómo cuidar mejor de sus padres y cómo ofrecer a sus hijos más oportunidades para desarrollarse bien.
Muchas veces me han pedido que explique cómo podemos empezar a preparar una buena vejez desde jóvenes.
Y yo siempre me he negado.
No porque no tuviera conocimientos para hacerlo. Soy especialista en Geriatría, pero también en Medicina Preventiva y Salud Pública.
Me negaba porque me parecía un reto inmenso y no tenía tiempo para desarrollarlo como quería.
Cuando comencé a hablar de geriatría en redes tenía un hijo de dos años y otro de cinco. Estaba haciendo un máster, terminando el doctorado y habitualmente compaginaba dos trabajos.
Iba a mil por hora.
Tenía que escoger muy bien en qué empleaba cada una de las pocas horas que me quedaban al día.
Por eso, cuando me pedían que abriera esta conversación, siempre decía lo mismo:
«Lo siento mucho. Ahora no puedo ni pensarlo».
Pero mi vida ha cambiado.
Hace un año dejé la medicina pública, después de veinte años. Mis hijos han crecido. Presenté mi tesis doctoral hace año y medio y, por primera vez en mucho tiempo, he podido tener más tiempo para estar conmigo.
He podido detenerme y pensar cómo quiero hablarte, cómo quiero que me recuerdes dentro de unos años y cómo quiero contribuir a mejorar el mundo desde mi batalla personal: combatir la medicina de la resignación.
Seguiré hablando de las personas mayores. Las adoro y no imagino un trabajo más bonito.
Seguiré contando mis «casitos de geriatría con final feliz». Seguiré trabajando con mis chicas mayores en el programa grupal. Y seguiré denunciando que se sede a personas mayores sin haber comprendido primero qué les sucede, porque continúa ocurriendo.
No abandono a las personas mayores ni la batalla que he defendido durante estos años.
Pero ahora voy a empezar la historia mucho antes.
Porque nadie se despierta un día con 70 u 80 años.
Antes fue un niño o una niña. Después fue joven. Y luego vivió durante décadas como persona adulta.
Voy a unir públicamente mis dos especialidades para hablar de lo que podemos hacer durante toda la vida pensando a diez o veinte años vista.
Hablaré de infancia, edad adulta y vejez.
De atención, memoria, fuerza, autonomía, desarrollo, hábitos, prevención y salud pública.
De lo que necesitamos para nosotros, para nuestros padres y para nuestros hijos.
Porque la salud de una persona mayor contiene parte de todo lo que vivió, desarrolló, perdió y conservó a lo largo de los años.
Llevo mucho tiempo pensando cómo contar todo esto sin dispersarme. Hasta ahora no había encontrado la manera.
Ahora sí.
Han sido seis años.
Seis años hablando de geriatría, defendiendo a las personas mayores y tratando de demostrar que la edad no explica todo lo que les sucede.
Hoy me despido de aquella primera etapa.
Y sí, me da miedo.
Intentar convertir treinta años de formación universitaria y todo lo que tengo en la cabeza en vídeos de dos minutos me parece una locura.
Pero, sobre todo, estoy muy ilusionada.
Porque no dejo atrás todo lo que he construido durante estos seis años. Lo llevo conmigo para empezar a contar la historia completa.
Confío en que estarás al otro lado de la pantalla acompañándome.
Adiós a la geriatría que empieza en la vejez.
Porque cuando una persona llega a mayor, no comienza una historia nueva. Llega con toda su vida.
Empezamos. ¿Qué tema es lo que más te preocupa?
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