Por la Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Para María y Amelie
Hace unos meses conocí a un ex CEO de una empresa muy importante en España.
Había trabajado sin parar hasta los 70 años. Prestigio, responsabilidad, reconocimiento.
Sentado frente a mí, con su mujer al lado, me dijo algo que escucho cada vez con más frecuencia en consulta:
—Me siento profundamente vacío.
No estaba solo.
No estaba enfermo.
No le faltaban recursos.
Y, aun así, algo esencial no estaba ahí.

Esta misma frase no la oigo solo en personas mayores. Empieza a aparecer antes de lo que creemos, a veces ya a los 55 años. Personas que han cumplido con todo lo que se esperaba de ellas. Que han hecho “lo correcto”. Que han llegado donde tenían que llegar.
Y, sin embargo, sienten un cansancio difícil de nombrar.
Una especie de hastío cotidiano.
Como si la vida siguiera… pero sin apoyarse en nada firme.
Por eso hoy quiero hablar de la soledad.
No como algo que aparece de repente en la vejez,
sino como algo que se va construyendo mucho antes, a lo largo de toda una vida.
Porque muchas veces la soledad no empieza cuando alguien se queda solo.
Empieza cuando todo el sentido de una vida se sostiene sobre un único papel.
Desde la infancia

Para entender la soledad que aparece en muchas personas a partir de cierta edad, hay que volver muy atrás.
No a la jubilación.
No a los diagnósticos.
A la infancia.
Las personas que hoy tienen entre 65 y 85 años crecieron en contextos muy distintos, pero con algo en común: aprendieron pronto a adaptarse.
En gran parte de Europa, la infancia estuvo marcada por la guerra o la posguerra.
En muchos países de Latinoamérica, por crisis económicas, inestabilidad política o violencia prolongada.
La prioridad no era descubrir qué te gustaba o quién querías ser.
La prioridad era salir adelante.
Que hubiera comida.
Que hubiera trabajo.
Que el mañana no fuera peor que el hoy.
Los roles se aprendían temprano, sin reflexión consciente.
Muchas niñas aprendieron a cuidar y a hacerse responsables antes de tiempo.
Muchos niños aprendieron que su valor estaba en rendir y no quejarse.
Expresar miedo, tristeza o duda no era funcional.
No porque no importara, sino porque no encajaba con lo que el entorno exigía.
Pero no todas las infancias difíciles lo fueron por la escasez.
También existieron infancias atravesadas por la exigencia.
Lo veo con frecuencia en consulta.

Recuerdo a una mujer de cincuenta y muchos años, brillante y muy capaz, que había empezado a caerse con frecuencia.
Cuando le hablé de la necesidad de cuidarse físicamente, me respondió sin dudar:
—No tengo tiempo.
Al explorar su historia apareció un padre muy exigente.
De los que miraban a los hijos a través de las notas, del rendimiento, de los logros.
No faltó lo material.
Pero el mensaje fue claro: vales cuando cumples.
En ese tipo de crianza, el problema no es la supervivencia.
Es que el valor personal queda ligado al rendimiento.
Cuidarse, parar o pedir ayuda no formaban parte del aprendizaje.
No porque no fueran posibles, sino porque no encajaban con la identidad construida.
Cuando una forma de estar en el mundo se aprende así, no se desaprende fácilmente.
No desaparece con la jubilación.
No se borra con un diagnóstico médico.
No se corrige con un “deberías salir más”.
Ahí empezó a construirse, en muchos casos, la forma actual de vivir la soledad.
La adultez: cuando el papel lo ocupa todo
La adultez de muchas personas que hoy son mayores no fue un espacio para preguntarse quiénes eran, sino para cumplir con lo que tocaba.

Había que trabajar.
Había que sostener una familia.
Había que responder a unas expectativas asumidas como propias.
Para muchos hombres, el trabajo se convirtió en el eje de la identidad.
Daba estructura, dirección y reconocimiento.
Para muchas mujeres, la adultez estuvo atravesada por el cuidado constante:
de hijos, de padres, de la casa y, más adelante, de la pareja.
El matrimonio fue mucho más que una relación afectiva.
Fue el centro organizador de la vida.
Desde ahí se tomaban decisiones, se organizaban los cuidados, se mantenían —o se perdían— las relaciones sociales.
Las amistades y los espacios propios quedaron muchas veces en segundo plano.
No por falta de deseo, sino por falta de tiempo, energía o permiso interno.
Durante años, este modelo funcionó.
Funcionó mientras hubo salud.
Mientras el trabajo siguió.
Mientras cada uno pudo sostener su papel.
El problema no fue ese modelo.
El problema fue que todo el sentido de la vida quedó concentrado en una sola estructura.
Y cuando esa estructura empezó a moverse, no siempre había red debajo.
Cuando algo se rompe
El problema rara vez aparece de golpe.
Aparece cuando algo que llevaba años sosteniendo la vida deja de hacerlo.
A veces es la jubilación.
Otras, una enfermedad grave.
En muchos casos, una demencia en la pareja.
O una viudedad.
O un divorcio tardío.
No es el acontecimiento en sí lo que desestabiliza tanto.
Es lo que deja al descubierto.
La pregunta que emerge entonces es sencilla y brutal:
¿qué queda cuando el papel que organizaba toda la vida ya no está?
En consulta veo hombres que, tras jubilarse o tras enfermar su pareja, se sienten completamente perdidos.
No por falta de capacidad, sino porque nunca aprendieron a vivir fuera de ese rol.
Veo mujeres exhaustas que, tras décadas cuidando, cuando ese rol desaparece, se quedan sin energía y sin identidad fuera del cuidado.
Y también veo lo contrario.
Personas que, con dificultad, se reorganizan y encuentran nuevos apoyos.
La diferencia no está en el sexo ni en la fortaleza de carácter.
Está en la trayectoria previa:
en cuántos roles hubo,
en cuántas redes se cultivaron,
en cuánto espacio propio se permitió a lo largo de la vida.
Aquí no se trata de juzgar vidas.
Se trata de comprenderlas.
La respuesta fácil: “deberías salir más”
Cuando aparece la soledad, la respuesta suele ser rápida y bienintencionada:
sal más,
apúntate a algo,
haz amigos.
El problema no es que sea falso.
Es que no explica nada.
Son frases abstractas, lanzadas desde biografías distintas.
Saber que algo es importante no enseña cómo hacerlo posible.
Para muchas personas, “salir más” no es una instrucción clara.
Implica saber a dónde ir, con quién, cómo empezar, cómo sentirse legítimo ocupando un espacio nuevo.
Y eso no se improvisa a los 70 si nunca se entrenó antes.
Además, este mensaje tiene un efecto secundario:
convierte la soledad en un fallo individual.
Y no lo es.
En consulta
Cuando alguien llega a consulta con soledad, no empiezo diciéndole que tiene que relacionarse más.
Empiezo por devolverle algo que suele haberse perdido antes: la sensación de capacidad.

Trabajo el cuerpo.
Trabajo la nutrición.
Trabajo la cognición.
Pequeños pasos.
Nada heroico.
Cuando una persona comprueba que aún puede hacer cosas que creía perdidas, algo cambia.
No solo en el músculo o la memoria.
En la imagen que tiene de sí misma.
Y desde ahí, más adelante, puede aparecer el vínculo.
La soledad no se aborda empujando.
Se aborda acompañando.
Una verdad incómoda
Pensar que esto solo le pasa a quienes hoy tienen 70 u 80 años es tranquilizador.
Pero no es verdad.
En consulta empiezo a ver el mismo patrón en personas de 40, 50 y 60 años.
No dicen “estoy solo”.
Dicen: “siento algo raro por dentro”.
El abordaje es el mismo:
sin prisas,
sin forzar,
recuperando primero la sensación de sostén interno.
La soledad no empieza con la jubilación.
Empieza cuando una vida se apoya solo en una o dos patas.
Y eso, nos interpela a todos.
Todo lo que se describe aquí no es una opinión personal, sino algo ampliamente documentado en distintos campos de la medicina y las ciencias de la salud. La relación entre vínculos sociales, salud cerebral, riesgo cardiovascular y envejecimiento funcional está bien establecida en la medicina preventiva, la geriatría, la psicología y la cardiología, y forma parte de las recomendaciones actuales de organismos internacionales y de la práctica clínica diaria.
Dra. Paola Ríos Germán, PhD
Médico. Medicina Preventiva y Geriatría
Bibliografía de soledad y redes sociales
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